domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Qué es la combustión humana espontanea?



¿Qué es la combustión humana espontanea?

SPONTANEOUS HUMAN COMBUSTION by mistertrece


 Arte por mistertrece (http://mistertrece.deviantart.com/art/SPONTANEOUS-HUMAN-COMBUSTION-332678033)

En los últimos fragmentos publicados hago alusión a un fenómeno extraño que ha sido registrado algunas veces en los últimos siglos: la Combustión Humana Espontanea o CHE.
Se trata de uno de esos fenómenos raros que engrosan las revistas de misterios. Desde el siglo XVIII se han registrado casos de incendios donde el fuego ha consumido a una víctima mortal pero sin haber tocado nada de los alrededores.
Existen varias explicaciones para esto, aunque los amantes de lo “sobrenatural” suelen apelar a una: el fuego empezó espontáneamente a partir del cuerpo humano. ¿Es algo así posible? Para empezar hay que considerar que el cuerpo humano está conformado por sustancias químicas perfectamente inflamables. De hecho nuestro organismo tiene buenas cantidades de carbono, nitrógeno y fosforo, sustancias que podemos encontrar en combustibles y químicos como la pólvora. Entonces ¿Por qué no nos prendemos en llamas? Pues porque el cuerpo humano tiene una cantidad ingente de agua y otras sustancias que evitan tales combustiones, también porque si bien tenemos esos elementos inflamables los tenemos en moléculas bastante estables que no hacen ignición tan fácil.
Si la cosa es así… ¿Qué hay de los casos de combustiones humanas registrados? Para muchos científicos la explicación estaría en el “efecto mecha”. Nuestro cuerpo tiene buenas cantidades de grasa, pero esta no es inflamable en su estado sólido, pero puede disolverse y  encenderse si es sometida a grandes temperaturas. En ese caso la “combustión humana” sigue los siguientes pasos: la victima muere o queda incapacitada durante un incendio pequeño, el fuego enciende las ropas pero no produce flamas considerables, la grasa corporal comienza a derretirse y a empapar las ropas creando una mecha como la de una vela (de ahí el nombre). Este proceso no es rápido, un cuerpo humano requiere varias horas para consumirse al grado que se ha descrito en los pocos casos registrados de Combustión Humana Espontanea.
Sin embargo los amantes de lo paranormal también han barajeado diversas hipótesis que van desde un extraño y no comprobado efecto de la electricidad estática, efectos psicosomáticos, gases extraños y partículas subatómicas desconocidas.
Hasta el momento no se ha registrado una combustión humana espontanea “in fraganti” y los supuestos casos estudiados apuntan a causas más bien convencionales.  
 Dr. John Bentley
 Imagen tomada de http://www.paranormal-encyclopedia.com/s/spontaneous-human-combustion/

Más sobre la CHE:

sábado, 8 de noviembre de 2014

El LLAMADO (parte 1)



El LLAMADO 

I
Erzebeth Ganosh vestía el mono color azul de las internas, su larga cabellera negra estaba contenida por una red para pelo. Aquella ropa no le gustaba, la tela era bastante áspera, daba comezón y se desteñía dejando, en aquellas partes donde se sudaba más, manchas de un color azul bastante malsano. Más de una vez había contemplado la posibilidad de andar sin ropa, después ¿Quién iba a quejarse? No eran pocas las internas que tenían un arranque desnudista de vez en cuando y, modestia aparte, ella era la que mejor cuerpo tenía.
Era poco lo que Erzebeth sabía  de su pasado y lo que sabía simplemente no cuadraba con la realidad. Recordaba claramente que había nacido en el sesenta y siete; que sus padres eran descendientes de gitanos y que seguían leyendo el futuro en las manos de sus clientes, en las cartas del tarot y en bolas de cristal en un local de Catemaco; y que a los dieciocho años, huyendo de estilo de vida supersticioso de aquella isla de brujos, charlatanes y embaucadores, se había enlistado en las fuerzas armadas… pero ello no encajaba con el hecho de que no parecía tener más de veintidós años, que no tenía recuerdos de haber estado en la guerra o de haber portado siquiera un uniforme. Al final lo único de lo que estaba segura era de que ahora estaba en un sanatorio mental en Veracruz y eso parecía explicar la falta de concordancia.
La mujer se ocupaba de arrancar hierbas a la huerta de la sección de mujeres; no era una huerta muy apetecible: los tomates estaban pequeños y pálidos, más parecidos a alguna baya toxica que a jitomates; las cebollas eran diminutas; las calabacitas crecían en formas muy raras… aquel terreno había sido por décadas un cafetal y parecía haber olvidado como producir algo que no fuera café. La sombra de las hayas y los encinos le daba cierto encanto pero mermaba la producción de la huerta, por ello hace tiempo que la administración se había olvidado de usarla para obtener fondos, ahora sólo se ocupaba para mantener a las locas ocupadas. Aquel huerto estaba en la parte de atrás del “Centro Maravillas”, el “Centro de Readaptación para Deficientes Mentales” que quedaba en el Camino viejo a Coatepec, apenas a un tiro de piedra del Jardín Botánico Clavijero. Por supuesto que la readaptación no estaba incluida en el lugar.
La joven miró a sus compañeras. En la parte de los chiles estaba dona Herminia Godínez, con su cabeza casi calva apenas con algunos cabellos tan blancos y delgados que más bien parecía que tenía una mata de telarañas; la anciana sólo hablaba con “Noria”, la amiga imaginaria que la había convencido de lanzarle un ladrillo a la cabeza a un niño que “tenía el diablo dentro”. Todo el día, todos los días, se podía escuchar a la vieja murmurar la frase “¡Pero te tenía que hacer caso Noria!”. En la parte de las calabacitas estaba dona Heriberta Espíndola, la que llamaba a sus tres hijos “sus angelitos” hasta que un día les puso alas de cartón y plumas y los hiso saltar del tercer piso de un departamental; cuando la policía llegó la encontraron con la mirada perdida en el cielo gritando que “sus angelitos” estaban volando. En un rincón donde habían plantado rábano se encontraba doña Gumara Genoveva, un verdadero mastodonte de casi doscientos cincuenta kilos pero sólo un metro sesenta de estatura, ella había llegado a la conclusión de que niños y ancianos eran alienígenas y que sólo los adultos entre veinte y cuarenta años eran personas reales. También estaba doña Ester Sandoval, quien decía que sus hijos iban a salvar la tierra de una amenaza extraterrestre con la ayuda de una tal Sasha Luna que entraba en contacto con quien sabe qué alienígena rubio… o algo por el estilo.
Erzebeth dejó de arrancar hierbas y comenzó a buscar plagas. Ella también tenía una historia similar a las de esas mujeres, similar o más interesante aún. Todo había comenzado un par de años antes, el día que despertó en el piso de un cuarto de hotel, vestida con un horroroso vestido rojo, acompañada de un desconocido y una maleta llena de dinero. El tipo del hotel, un tal Marbán, se ofreció a ayudarle, de alguna forma logró convencerla de que se habían conocido algún tiempo atrás.
Erzebeth encontró algo en su búsqueda de bichos. Una mariquita negra con los bordes de los élitros color marfil cayó entre sus dedos. La joven la miró un instante para luego metérsela a la boca. Apretó al insecto contra su paladar con la lengua. Su boca se inundó con un sabor acre, las patitas del insecto le hicieron cosquillas. Usualmente los bichos tenían un sabor un tanto rancio, esa mariquita tenía sazón.
Poco después de lo del hotel comenzaron las pesadillas. En aquellos sueños veía, entre otras cosas, a un hombre con rasgos semíticos, barba de santa Claus y turbante, a un puñado de negros armados hasta los dientes y a un grupo de mujeres cuyos trajes les hacían parecer fantasmas teñidos de negro; todos gritaban de terror mientras unas garras y dientes los desgarraban. Garras y colmillos, por alguna razón en sus sueños los tenía.
Poco tiempo después de las pesadillas comenzaron las alucinaciones. Algunas personas lucían como animales, otras iban acompañadas de algún animal. Había tratado de convencerse de que aquello eran fantasías, pero cada vez estaba más segura de que aquello era real, de que algo realmente malo estaba por ocurrir y que debía darle una solución. En el metro del DF vio como una veintena de personas iban como si nada mientras tenían el vientre lleno de unos seres blancos que entraban y salían de la carne ennegrecida como termitas en un madero podrido. En Morelia vio como una mujer caía desmayada después de que algo parecido a un cangrejo que volaba sosteniéndose en el aire con dos largas antenas ramificadas le metiera uno de sus zarcillos en el oído. En Cuernavaca vio como un hombre, con un extraño ciempiés negro en lugar de columna vertebral, molía a golpes a un desconocido que no quiso ayudarle a cambiar un neumático. En Taxco vio como una mujer con una langosta blanca y viscosa en lugar de coronilla golpeaba a su hijo en plena calle sin ninguna razón aparente. Finalmente un día salió a la calle, consiguió algunas armas golpeando a dos policías hasta casi matarlos y comenzó a disparar contra aquellas personas que estaban infectadas con los paracitos. Cuando la policía logró someterla ya había matado a quince personas, todo ocurrió en Acapulco. Hubo un juicio y el tipo Alex consiguió un abogado. Al final la declararon culpable, pero como era evidente que padecía de sus facultades mentales la hicieron encerrar de por vida en el Sanatorio Mental Maravillas. Entre medicamentos y terapias había asimilado que las cosas que veía no eran reales, pero nunca recuperó su memoria o dejó de ver aquellas cosas.
Erzebeth continuó buscando bichos en la huerta. Por el tipo de pacientes no había herbicidas o plaguicidas, y para trabajar la tierra tenían que usar palitas y rastrillos de los que usan los niños en la arena. La joven encontró una chinche que se metió a la boca, en sus sueños, donde era frecuente que se convirtiera en una alimaña rallada, había aprendido a comer toda clase de cosas.
-          ¡No hagas eso! – dijo Arturo Peña Velásquez, el vigilante en turno - ¡Ve a lavarte la boca!
La mujer miró al guardia. El hombre vestía un uniforme blanco que más bien parecía el de un repartidor de helados. De todos los vigilantes Arturo era el menos peor, no era el más amable ni era más considerado, pero era el más guapo y ello ya significaba una considerable ventaja. Tenía el cabello negro, la piel morena, un rostro de rebelde sin causa y el cuerpo de un modelo de trusas.
-          ¿Castigo? – preguntó Erzebeth.
El guardia asintió con la cabeza.
En aquel sanatorio el castigo físico no estaba permitido, solía provocar más problemas y nadie quería tenerlos en un sitio lleno de locos peligrosos. De hecho los “castigos” tenían poco que ver con la disciplina, tenían que ver más con cuan bonita era una reclusa. A internas como Herminia o Heriberta no se las había castigado ni una sola vez, a pesar de que eran de las más problemáticas. La gitana, en cambio, era castigada con cierta regularidad.
Erzebeth hizo un esfuerzo para disimular la sonrisa.
Solo Arturo había logrado castigarla, otros guardias como Pastrana, “el oso tuerto”, habían recibido una severa golpiza al intentarlo.
-          Te daré tu castigo a las siete – dijo el guardia –, en el lugar de siempre.
El hombre se apartó disimuladamente.
Erzebeth se relamió los labios. Recordaba que había sido una chica normal, al menos antes de los dieciocho, con un novio a la vez y moderada, pero ello le importaba poco ahora; después de todo estaba encerrada de por vida entre medicamentos y terapias, conviviendo día a día con las mujeres más extrañas y peligrosas que se pudieran encontrar. Bajo esas condiciones el tener sexo con alguno de los guardias no era precisamente el peor de los castigos, le preocupaba más cuando alguna de las internadas le hacía ojitos. Otras internas no veían las cosas de esa forma. No eran pocas las que habían denunciado los abusos por parte de los guardias, unas cuantas tuvieron la suficiente lucidez para exigir que los guardias varones fueran expulsados de la sección de mujeres, otras lograron organizarse para tratar de matarlos… así fue como Pastrana había perdido su ojo.
Una hora después, a las seis, las reclusas fueron llevadas a su celda. El oso Pastrana cubrió a Arturo mientras este salía a “buscar” a una interna que no había acudido a su habitación.
-          Dale unos por mí – dijo el oso guiñando su único ojo, después de varios intentos había asimilado que aquella interna era algo especial y nunca sería suya - ¡Perro afortunado!
Para ese momento Erzebeth se encontraba a sólo unos pasos del sitio indicado. “El lugar de siempre” era una pequeña construcción de lo que quedaba del viejo rancho cafetalero. Para llegar hasta ahí debía alejarse de la huerta, seguir lo que anteriormente había sido un camino, desviarse un poco hasta un viejo empedrado roto y semioculto por la hierba y el musgo, saltar una cerca de alambre y  luego adentrarse ente unas araucarias a punto de secarse. El sitio tenía su encanto. Había un cuarto con una puerta y una ventana, con paredes de ladrillo encaladas y techo de concreto, también algo que parecía un baño con los azulejos desprendidos y un tinaco de asbesto encima. El lugar estaba hecho un desastre apenas un año atrás, tanto así que las internas sólo acudían ahí cuando se les había metido la idea de escapar, pero también era el primer lugar donde los guardias iban a buscar. Fue Erzebeth la primera que se ocupó de limpiarlo, más como una forma de entretenimiento que porque de veras intentara hacer algo con el lugar. En unos meses logró quitar el musgo de las paredes, sacar la basura y matar a casi todos los bichos que se encontraban en aquel recinto abandonado. Los guardias no tardaron en darse cuenta del cambio en el lugar, tardaron aún menos en convertir aquello en una suerte de casa club. A Erzebeth no le importó, no había tenido planes para el sitio, solo le había importado restaurarlo en la medida en que fuera posible. Alguien llevó un colchón inflable, y entonces aquella habitación dejó de ser “las ruinas del Rancho” para ser “el lugar de siempre”.
Erzebeth entró al viejo cuarto. Aún estaba limpio, aunque el suelo ya comenzaba a verse invadido por la hojarasca. Sin dudarlo se puso a sacar aquella basura, y de paso revisar que no hubiera nada debajo del colchón. Cuando terminó de hacer su trabajo llegó Arturo.
Erzebeth sabía bien por qué los guardias trataban de castigarla tan a menudo, después de todo no había otra interna que reuniera una cara bonita y un cuerpo joven y atlético. Aquello era otra cosa que la hacía cavilar ¿Dónde había estado los últimos diez años para sacar un cuerpo que ya quisieran muchas modelos de suplementos alimenticios? Más aún, todas las mañanas hacía una rutina de ejercicios que incluía varias lagartijas y abdominales ¿Dónde había pescado esa costumbre? Pero rápidamente alejaba esas dudas de su cabeza, no tenían importancia ya,  viviría el resto de su vida en el manicomio y lo mejor que podía hacer era no volverse más loca estando ahí.
Arturo permaneció en el umbral, sonriendo como un niño a punto de hacer una travesura. Erzebeth había aprendido a adorar esa expresión, a las otras reclusas les daba pánico.
El guardia se bajó la bragueta y dejó salir aquello que le pendía entre las piernas. Su miembro henchido parecía apuntar al rostro de la joven acusadoramente. Una cubierta de plástico translucida lo envolvió.
-          Traje tu sabor favorito – dijo Arturo.
Había al menos cinco Sexshops en Xalapa, por lo que Arturo podía darse el lujo de llevar siempre una docena de condones de distintos sabores.
Erzebeth se arrodilló frente al recién llegado y metió aquello en su boca. Coco. En verdad era su sabor favorito.
La joven se deleitó con solo oír a su amante resoplar. El uniforme de las internas cayó hasta la cintura dejando ver un torso desnudo a excepción de un sostén blanco. Erzebeth se detuvo, no quería que el celador terminara tan pronto.
En ese momento algo sucedió. La temperatura de la habitación comenzó a subir. Un destello anaranjado hizo a los amantes detenerse en seco.
-          ¡Diosanto! – gritó El guardia.
Erzebeth dejó escapar un grito y se arrastró a uno de los rincones de la habitación. Aquello no solo era un destello, era una columna de fuego que alcanzaba el techo del recinto. El colchón inflable reventó por el calor asfixiante. Las llamas chisporroteaban y caían como si estuvieran quemando algo grasiento. Dentro de la gran flama había algo, algo que parecía ser un hombre pero que en un par de segundos era más un esqueleto bailarín cuyos huesos se desmoronaban como si estuvieran hechos de cenizas apelmazadas.
-          ¡Hotel Chac! – rujió la figura mientras era devorada por las llamas.
Aquello se desvaneció. El techo y el suelo estaban indemnes, no había señales de que ahí hubiera existido fuego alguno.
-          ¡¿Qué rayos fue eso?! – gruñó Arturo.
Erzebeth no respondió, sabía que debió de haber sido una alucinación, pero el colchón había reventado de verdad y el guardia también lo había visto. Una lagrima corrió por su mejilla, algo le decía que aquel era el tipo Marbán, que algo terrible le había pasado y que debía sentirse muy mal por ello… pero no recordaba por qué debía sentir ese pesar.