El LLAMADO
I
Erzebeth
Ganosh vestía el mono color azul de las internas, su larga cabellera negra
estaba contenida por una red para pelo. Aquella ropa no le gustaba, la tela era
bastante áspera, daba comezón y se desteñía dejando, en aquellas partes donde
se sudaba más, manchas de un color azul bastante malsano. Más de una vez había
contemplado la posibilidad de andar sin ropa, después ¿Quién iba a quejarse? No
eran pocas las internas que tenían un arranque desnudista de vez en cuando y,
modestia aparte, ella era la que mejor cuerpo tenía.
Era poco
lo que Erzebeth sabía de su pasado y lo
que sabía simplemente no cuadraba con la realidad. Recordaba claramente que
había nacido en el sesenta y siete; que sus padres eran descendientes de
gitanos y que seguían leyendo el futuro en las manos de sus clientes, en las
cartas del tarot y en bolas de cristal en un local de Catemaco; y que a los
dieciocho años, huyendo de estilo de vida supersticioso de aquella isla de
brujos, charlatanes y embaucadores, se había enlistado en las fuerzas armadas…
pero ello no encajaba con el hecho de que no parecía tener más de veintidós
años, que no tenía recuerdos de haber estado en la guerra o de haber portado
siquiera un uniforme. Al final lo único de lo que estaba segura era de que
ahora estaba en un sanatorio mental en Veracruz y eso parecía explicar la falta
de concordancia.
La mujer
se ocupaba de arrancar hierbas a la huerta de la sección de mujeres; no era una
huerta muy apetecible: los tomates estaban pequeños y pálidos, más parecidos a
alguna baya toxica que a jitomates; las cebollas eran diminutas; las
calabacitas crecían en formas muy raras… aquel terreno había sido por décadas
un cafetal y parecía haber olvidado como producir algo que no fuera café. La
sombra de las hayas y los encinos le daba cierto encanto pero mermaba la
producción de la huerta, por ello hace tiempo que la administración se había
olvidado de usarla para obtener fondos, ahora sólo se ocupaba para mantener a
las locas ocupadas. Aquel huerto estaba en la parte de atrás del “Centro
Maravillas”, el “Centro de Readaptación para Deficientes Mentales” que quedaba
en el Camino viejo a Coatepec, apenas a un tiro de piedra del Jardín Botánico
Clavijero. Por supuesto que la readaptación no estaba incluida en el lugar.
La joven
miró a sus compañeras. En la parte de los chiles estaba dona Herminia Godínez,
con su cabeza casi calva apenas con algunos cabellos tan blancos y delgados que
más bien parecía que tenía una mata de telarañas; la anciana sólo hablaba con
“Noria”, la amiga imaginaria que la había convencido de lanzarle un ladrillo a
la cabeza a un niño que “tenía el diablo dentro”. Todo el día, todos los días,
se podía escuchar a la vieja murmurar la frase “¡Pero te tenía que hacer caso
Noria!”. En la parte de las calabacitas estaba dona Heriberta Espíndola, la que
llamaba a sus tres hijos “sus angelitos” hasta que un día les puso alas de
cartón y plumas y los hiso saltar del tercer piso de un departamental; cuando
la policía llegó la encontraron con la mirada perdida en el cielo gritando que
“sus angelitos” estaban volando. En un rincón donde habían plantado rábano se
encontraba doña Gumara Genoveva, un verdadero mastodonte de casi doscientos cincuenta
kilos pero sólo un metro sesenta de estatura, ella había llegado a la
conclusión de que niños y ancianos eran alienígenas y que sólo los adultos
entre veinte y cuarenta años eran personas reales. También estaba doña Ester
Sandoval, quien decía que sus hijos iban a salvar la tierra de una amenaza
extraterrestre con la ayuda de una tal Sasha Luna que entraba en contacto con
quien sabe qué alienígena rubio… o algo por el estilo.
Erzebeth
dejó de arrancar hierbas y comenzó a buscar plagas. Ella también tenía una
historia similar a las de esas mujeres, similar o más interesante aún. Todo
había comenzado un par de años antes, el día que despertó en el piso de un cuarto
de hotel, vestida con un horroroso vestido rojo, acompañada de un desconocido y
una maleta llena de dinero. El tipo del hotel, un tal Marbán, se ofreció a
ayudarle, de alguna forma logró convencerla de que se habían conocido algún
tiempo atrás.
Erzebeth
encontró algo en su búsqueda de bichos. Una mariquita negra con los bordes de
los élitros color marfil cayó entre sus dedos. La joven la miró un instante
para luego metérsela a la boca. Apretó al insecto contra su paladar con la
lengua. Su boca se inundó con un sabor acre, las patitas del insecto le
hicieron cosquillas. Usualmente los bichos tenían un sabor un tanto rancio, esa
mariquita tenía sazón.
Poco
después de lo del hotel comenzaron las pesadillas. En aquellos sueños veía,
entre otras cosas, a un hombre con rasgos semíticos, barba de santa Claus y
turbante, a un puñado de negros armados hasta los dientes y a un grupo de
mujeres cuyos trajes les hacían parecer fantasmas teñidos de negro; todos
gritaban de terror mientras unas garras y dientes los desgarraban. Garras y
colmillos, por alguna razón en sus sueños los tenía.
Poco
tiempo después de las pesadillas comenzaron las alucinaciones. Algunas personas
lucían como animales, otras iban acompañadas de algún animal. Había tratado de
convencerse de que aquello eran fantasías, pero cada vez estaba más segura de
que aquello era real, de que algo realmente malo estaba por ocurrir y que debía
darle una solución. En el metro del DF vio como una veintena de personas iban
como si nada mientras tenían el vientre lleno de unos seres blancos que
entraban y salían de la carne ennegrecida como termitas en un madero podrido.
En Morelia vio como una mujer caía desmayada después de que algo parecido a un
cangrejo que volaba sosteniéndose en el aire con dos largas antenas ramificadas
le metiera uno de sus zarcillos en el oído. En Cuernavaca vio como un hombre,
con un extraño ciempiés negro en lugar de columna vertebral, molía a golpes a
un desconocido que no quiso ayudarle a cambiar un neumático. En Taxco vio como
una mujer con una langosta blanca y viscosa en lugar de coronilla golpeaba a su
hijo en plena calle sin ninguna razón aparente. Finalmente un día salió a la
calle, consiguió algunas armas golpeando a dos policías hasta casi matarlos y
comenzó a disparar contra aquellas personas que estaban infectadas con los
paracitos. Cuando la policía logró someterla ya había matado a quince personas,
todo ocurrió en Acapulco. Hubo un juicio y el tipo Alex consiguió un abogado.
Al final la declararon culpable, pero como era evidente que padecía de sus
facultades mentales la hicieron encerrar de por vida en el Sanatorio Mental
Maravillas. Entre medicamentos y terapias había asimilado que las cosas que
veía no eran reales, pero nunca recuperó su memoria o dejó de ver aquellas
cosas.
Erzebeth
continuó buscando bichos en la huerta. Por el tipo de pacientes no había
herbicidas o plaguicidas, y para trabajar la tierra tenían que usar palitas y
rastrillos de los que usan los niños en la arena. La joven encontró una chinche
que se metió a la boca, en sus sueños, donde era frecuente que se convirtiera
en una alimaña rallada, había aprendido a comer toda clase de cosas.
-
¡No
hagas eso! – dijo Arturo Peña Velásquez, el vigilante en turno - ¡Ve a lavarte
la boca!
La mujer
miró al guardia. El hombre vestía un uniforme blanco que más bien parecía el de
un repartidor de helados. De todos los vigilantes Arturo era el menos peor, no
era el más amable ni era más considerado, pero era el más guapo y ello ya
significaba una considerable ventaja. Tenía el cabello negro, la piel morena,
un rostro de rebelde sin causa y el cuerpo de un modelo de trusas.
-
¿Castigo?
– preguntó Erzebeth.
El guardia
asintió con la cabeza.
En aquel
sanatorio el castigo físico no estaba permitido, solía provocar más problemas y
nadie quería tenerlos en un sitio lleno de locos peligrosos. De hecho los
“castigos” tenían poco que ver con la disciplina, tenían que ver más con cuan
bonita era una reclusa. A internas como Herminia o Heriberta no se las había
castigado ni una sola vez, a pesar de que eran de las más problemáticas. La
gitana, en cambio, era castigada con cierta regularidad.
Erzebeth
hizo un esfuerzo para disimular la sonrisa.
Solo Arturo
había logrado castigarla, otros guardias como Pastrana, “el oso tuerto”, habían
recibido una severa golpiza al intentarlo.
-
Te
daré tu castigo a las siete – dijo el guardia –, en el lugar de siempre.
El hombre
se apartó disimuladamente.
Erzebeth
se relamió los labios. Recordaba que había sido una chica normal, al menos
antes de los dieciocho, con un novio a la vez y moderada, pero ello le
importaba poco ahora; después de todo estaba encerrada de por vida entre
medicamentos y terapias, conviviendo día a día con las mujeres más extrañas y
peligrosas que se pudieran encontrar. Bajo esas condiciones el tener sexo con alguno
de los guardias no era precisamente el peor de los castigos, le preocupaba más
cuando alguna de las internadas le hacía ojitos. Otras internas no veían las
cosas de esa forma. No eran pocas las que habían denunciado los abusos por
parte de los guardias, unas cuantas tuvieron la suficiente lucidez para exigir
que los guardias varones fueran expulsados de la sección de mujeres, otras
lograron organizarse para tratar de matarlos… así fue como Pastrana había
perdido su ojo.
Una hora
después, a las seis, las reclusas fueron llevadas a su celda. El oso Pastrana
cubrió a Arturo mientras este salía a “buscar” a una interna que no había
acudido a su habitación.
-
Dale
unos por mí – dijo el oso guiñando su único ojo, después de varios intentos
había asimilado que aquella interna era algo especial y nunca sería suya - ¡Perro
afortunado!
Para ese
momento Erzebeth se encontraba a sólo unos pasos del sitio indicado. “El lugar
de siempre” era una pequeña construcción de lo que quedaba del viejo rancho cafetalero.
Para llegar hasta ahí debía alejarse de la huerta, seguir lo que anteriormente
había sido un camino, desviarse un poco hasta un viejo empedrado roto y
semioculto por la hierba y el musgo, saltar una cerca de alambre y luego adentrarse ente unas araucarias a punto
de secarse. El sitio tenía su encanto. Había un cuarto con una puerta y una
ventana, con paredes de ladrillo encaladas y techo de concreto, también algo
que parecía un baño con los azulejos desprendidos y un tinaco de asbesto
encima. El lugar estaba hecho un desastre apenas un año atrás, tanto así que
las internas sólo acudían ahí cuando se les había metido la idea de escapar,
pero también era el primer lugar donde los guardias iban a buscar. Fue Erzebeth
la primera que se ocupó de limpiarlo, más como una forma de entretenimiento que
porque de veras intentara hacer algo con el lugar. En unos meses logró quitar
el musgo de las paredes, sacar la basura y matar a casi todos los bichos que se
encontraban en aquel recinto abandonado. Los guardias no tardaron en darse cuenta
del cambio en el lugar, tardaron aún menos en convertir aquello en una suerte
de casa club. A Erzebeth no le importó, no había tenido planes para el sitio,
solo le había importado restaurarlo en la medida en que fuera posible. Alguien
llevó un colchón inflable, y entonces aquella habitación dejó de ser “las
ruinas del Rancho” para ser “el lugar de siempre”.
Erzebeth
entró al viejo cuarto. Aún estaba limpio, aunque el suelo ya comenzaba a verse
invadido por la hojarasca. Sin dudarlo se puso a sacar aquella basura, y de
paso revisar que no hubiera nada debajo del colchón. Cuando terminó de hacer su
trabajo llegó Arturo.
Erzebeth
sabía bien por qué los guardias trataban de castigarla tan a menudo, después de
todo no había otra interna que reuniera una cara bonita y un cuerpo joven y
atlético. Aquello era otra cosa que la hacía cavilar ¿Dónde había estado los
últimos diez años para sacar un cuerpo que ya quisieran muchas modelos de
suplementos alimenticios? Más aún, todas las mañanas hacía una rutina de
ejercicios que incluía varias lagartijas y abdominales ¿Dónde había pescado esa
costumbre? Pero rápidamente alejaba esas dudas de su cabeza, no tenían
importancia ya, viviría el resto de su
vida en el manicomio y lo mejor que podía hacer era no volverse más loca
estando ahí.
Arturo
permaneció en el umbral, sonriendo como un niño a punto de hacer una travesura.
Erzebeth había aprendido a adorar esa expresión, a las otras reclusas les daba
pánico.
El guardia
se bajó la bragueta y dejó salir aquello que le pendía entre las piernas. Su
miembro henchido parecía apuntar al rostro de la joven acusadoramente. Una
cubierta de plástico translucida lo envolvió.
-
Traje
tu sabor favorito – dijo Arturo.
Había al
menos cinco Sexshops en Xalapa, por lo que Arturo podía darse el lujo de llevar
siempre una docena de condones de distintos sabores.
Erzebeth
se arrodilló frente al recién llegado y metió aquello en su boca. Coco. En verdad
era su sabor favorito.
La joven
se deleitó con solo oír a su amante resoplar. El uniforme de las internas cayó
hasta la cintura dejando ver un torso desnudo a excepción de un sostén blanco.
Erzebeth se detuvo, no quería que el celador terminara tan pronto.
En ese
momento algo sucedió. La temperatura de la habitación comenzó a subir. Un
destello anaranjado hizo a los amantes detenerse en seco.
-
¡Diosanto!
– gritó El guardia.
Erzebeth
dejó escapar un grito y se arrastró a uno de los rincones de la habitación.
Aquello no solo era un destello, era una columna de fuego que alcanzaba el
techo del recinto. El colchón inflable reventó por el calor asfixiante. Las
llamas chisporroteaban y caían como si estuvieran quemando algo grasiento.
Dentro de la gran flama había algo, algo que parecía ser un hombre pero que en
un par de segundos era más un esqueleto bailarín cuyos huesos se desmoronaban
como si estuvieran hechos de cenizas apelmazadas.
-
¡Hotel
Chac! – rujió la figura mientras era devorada por las llamas.
Aquello se
desvaneció. El techo y el suelo estaban indemnes, no había señales de que ahí
hubiera existido fuego alguno.
-
¡¿Qué
rayos fue eso?! – gruñó Arturo.
Erzebeth
no respondió, sabía que debió de haber sido una alucinación, pero el colchón
había reventado de verdad y el guardia también lo había visto. Una lagrima
corrió por su mejilla, algo le decía que aquel era el tipo Marbán, que algo
terrible le había pasado y que debía sentirse muy mal por ello… pero no
recordaba por qué debía sentir ese pesar.