VII
Cuando
Peña Velásquez se enteró del escape de Erzebeth hizo una rabieta como nunca
antes la había tenido. Sus vecinos, alarmados por el escándalo del
departamento, llamaron a la policía pero esta nunca llegó. Al final del enfado
las bajas incluían una consola de videojuegos, una cafetera y los cristales de
una ventana.
Aquello no
podía estar pasando.
Durante
años se había partido el lomo cuidando de un rebaño de decrepitas peligrosas,
una banda de despojos humanos en todo sentido de la palabra, y cuando finalmente
había encontrado algo que hiciera que ese trabajo horrible valiera la pena la
muy sin vergüenza escapaba.
Él debió
estar ahí. Si hubiera estado ahí la gitana no se habría escapado. Pero no había
estado, había pedido un par de días libres para “desintoxicarse” de aquel
manojo de locas que comenzaban a contagiarlo con sus alucinaciones.
Lo había
visto, de eso estaba seguro, como estaba
seguro de que ese tipo de cosas no era posible.
-
¡Me
lleva la chingada! – gruñó al recapacitar que su última noche con la gitana
había sido interrumpida por una alucinación.
Su
descanso estaba por terminar, pero regresar al sanatorio mental no era algo que
estuviera en sus planes, no ahora que sabía que Erzebeth no estaba ahí. No, no
regresaría, en lugar de ello buscaría a la gitana y le enseñaría toda una gama
de nuevos “castigos”… las reglas eran otras fuera del sanatorio Maravillas.
Sin
embargo había un gran problema. ¿Dónde buscar a una loca fugitiva? Y sobre todo
a una de cuyo pasado no se tiene prácticamente ningún dato.
El guardia
se tumbó en un sofá cama y se puso a pensar. Sabía más de la gitana que los
otros guardias, y no era mucho en realidad.
Un
estremecimiento lo recorrió al recordar aquella visión que arruinara su última
noche. Lo más extraño es que aquella alucinación había abarcado todos sus
sentidos. El lugar se había llenado del olor a carne quemada, el calor casi
quemaba la piel, el fulgor de las llamas era enceguecedor, el aire se había
llenado de un humo grasoso que dejaba un sabor amargo en la boca…
-
¡Hotel
Chac! – gritó Arturo al recordar las palabras de aquel hombre en llamas.
El hombre
se puso de pie como si lo impulsara un resorte. Comenzó a buscar entre la
basura los periódicos de la semana. No tardó en encontrar un encabezado
revelador.
“El día de mañana será inaugurado el
majestoso Hotel Chac en Yucatán.”
Aquello
era suficiente para él. Sin perder tiempo hizo una maleta y salió del
departamento. Bajó al estacionamiento del edificio y buscó la vieja Van de 1990
color café. Encontraría a Erzebeth y le enseñaría a no salirse del corral.