VI
En la
profundidad había algo. Estaba vivo y luchaba por llegar a la superficie. Se
retorcía y cuando lo hacía todo a su alrededor era destruido.
Erzebeth
Ganosh despertó, sus ojos dorados, buscaron por los rincones para asegurarse
que nada estuviera fuera de su lugar. Aquel había sido el sueño más raro de
todos los que había tenido los últimos días, pero algo le decía que o había
sido sólo un sueño.
Primero el
sujeto Marbán y ahora esto. Algo terrible estaba pasando o estaba a punto de
suceder.
La mujer
se recogió el largo cabello negro y se puso de pie. Nada cubría su cuerpo. Los
rayos de luna se filtraban por una estrecha ventana, haciendo relucir su piel.
Su habitación tenía poco más que un catre y un pequeño buró aquejado por las
termitas, una esquina estaba adornada con un retrete y un lavamanos.
Debía salir
de ahí, y para ello necesitaba tener un
plan o improvisar con mucha suerte.
La puerta
estaba cerrada.
-
Shit!
Arturo se
había ido a descansar, “no se sentía bien”, por lo que sólo había que
preocuparse de “el oso” Pastrana. ¿Qué debía hacer? Una puerta la separaba del
corredor y el corredor llevaba directamente al cubículo de vigilancia.
La idea de
derribar la puerta y la reja que la separaban de la libertad comenzó a
obsesionarla. Era una puerta metálica con una pequeña mirilla circular.
-
Go Beth Go!
La mujer
tomó impulso, saltó al otro lado de la habitación y volvió a salar apoyándose
en el muro para estrellarse contra la puerta.
La puerta
no se movió y la mujer rebotó casi hasta el otro extremo de la habitación.
Dolor. El
dolor parecía haber “despertado”, se le movía por las entrañas y avanzaba por
su piel. El dolor la hizo pensar en la cosa en la que se transformaba en
sueños.
Pastrana,
en su cabina de vigilancia, estaba viendo la repetición de un partido de futbol
cuando sintió un olor particularmente feo, algo ligeramente parecido a mariscos
podridos. No le dio importancia, en aquel lugar había toda clase de gente que
hacía toda clase de cosas; en todo caso lo que debía hacer era ir a ver quién
estaba haciendo qué. El hombre dejó medio sándwich de ensalada rusa en el
escritorio de su cubículo, tomó las llaves y salió al pasillo cerrando tras él.
Estaba a medio pasillo cuando un estruendo se dejó escuchar por todo el
corredor.
-
¡¿Qué
chingados?! – gritó el hombre al ver la puerta abollarse.
El hombre
corrió hacia su cubículo y cerró la reja metálica que lo separaba del corredor.
Un segundo
golpe casi arranca la puerta de sus bisagras.
El hombre
se desplomó en su asiento. Por su mente pasó llamar ayuda pero no supo que era
lo que tenía que decir, nunca había visto algo como eso.
La puerta
metálica de la celda se despendió completamente en el tercer estruendo. Aquel
escandalo despertó a todas las mujeres encerradas en ese corredor y en los
cercanos.
-
¿Qué
ocurre? – murmuró la radio.
Pastrana
no contestó. Estaba literalmente paralizado. Solo después de varios segundos
logró tomar el aparato.
-
¡Necesito
ayuda! – gritó - ¡Se metió un animal!
El ser
galopó por el corredor de manera extraña, haciendo que el celador pensara en
alguna especie de primate. Un par de garras y unas fauces se aferraron a la
malla metálica y comenzaron a tirar. Las partes atornilladas y soldadas
comenzaron a ceder produciendo un chirrido.
El
vigilante dejó escapar un grito de niña cuando la bestia finalmente derribó la
reja. Pastrana se metió debajo del escritorio y comenzó a rezar a todo pulmón.
La bestia pasó encima del escritorio, devorando de un bocado el emparedado de
ensalada; continuó su camino hacia la salida del sanatorio mental, no sin antes
hacer una escala en el almacén donde se guardaban los bienes personales de los
pacientes y llevarse una valija metálica en las fauces.
Cuando los
demás vigilantes llegaron a la sección de mujeres, encontraron a Pastrana
catatónico. El lugar había sido destrozado y no había señales de Erzebeth
Ganosh. Las sirenas comenzaron a sonar en el pequeño sanatorio mental
Maravillas, de inmediato se ordenó una búsqueda en los patios de la institución
mental pero nunca se dio con la paciente.
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