domingo, 21 de diciembre de 2014

Sobre la musica

Sobre la musica.

No soy un melómano y sé realmente poco de los estilos musicales, aun así no puedo evitar quedarme perplejo cuando escucho como los nuevos artistas pop se ponen a hacer nuevas versiones de temas clásicos sin miramientos y, muchas veces, con resultados un tanto desastrosos. Lo peor es cuando los fans de estos artistas pop, haciendo alarde de ignorancia, asumen que es otro el que ha plagiado a sus artistas favoritos sin detenerse a buscar siquiera quien fue el primero en producir tal o cual tema.
En el post anterior, parte de una novela que busco publicar, menciono a una artista (ficticia, cualquier parecido a una personalidad real es coincidencia... o simple predictibilidad  de los artistas pop) que canta un par de canciones que quizás no todos conozcan. Les dejo unos links para que escuchen los temas originales y la versión pop las dejo a su imaginación.



domingo, 7 de diciembre de 2014

EL LLAMADO (parte 2)


II
Liliana Almendra había permanecido tras bambalinas, mirando a “Zafiro” con sus ojos rasgados, esperando el momento de entrar en acción. La tensión crecía y la joven comenzó a juguetear con el cristal de cuarzo que pendía de su cuello como solía hacer cuando se sentía nerviosa.
Más de la mitad de los miembros del staff llamaban Ly, todos le preguntaban si sabía hacer rollos primavera, nadie nunca pensaba en papadzules o sopa de lima al verla. Ella era maya, pero años trabajando a la sombra habían empalidecido su piel, sus parpados estaban ligeramente abolsados, dándole un aire de ojos rasgados. No tenía ninguno de los rasgos con solía estereotiparse a los yucatecos o mayas. No eran pocos los que creían que era una de tantas mujeres asiáticas que se había asentado en Cancún las últimas décadas. La mayor parte del tiempo era solo una molestia, pero a veces pasaba a ser preocupante, como cuando algún policía le exigía algún documento que probara que su estadía en el país era legal. Solamente una vez, después de un largo bronceado, alguien le preguntó si era guatemalteca… para luego negarle la entrada al café al que quería entrar.
Zafiro cuyo verdadero nombre era Sabrina Serra, bailaba y movía la boca en el escenario mientras los músicos fingían tocar sus instrumentos. Detrás del escenario, a solo unos pasos, estaba el equipo desde donde era puesto el “playback”. Aquel era el último concierto de Zafiro en el país, una gira que prácticamente había tocado cada ciudad importante de la nación.
La presentación de aquella noche, en Ciudad Victoria, Tamaulipas, marcaba el final de la gira, pero también la cuenta regresiva para la que se llevaría a cabo por Europa. Liliana, como la estilista personal de Zafiro, tendría que ir.
La joven maquillista se subió las mangas hasta el codo. En cualquier momento terminaría la canción. Aquellos conciertos eran un infierno. Todo sería más fácil si Zafiro fuera capaz de llevar el mismo vestido puesto al menos dos veces seguidas, pero no era así. Más al contrario, cada melodía necesitaba su propio vestido, su propio peinado, su propio maquillaje… En ocasiones los breves descansos no bastaban para arreglar la imagen de la cantante, momentos en que la banda aprovechaba para tocar alguno de los temas instrumentales que la diva incluía en sus discos, aquellas eran las únicas veces que tocaban  de verdad. 
La canción terminó. Era momento de poner manos a la obra.
-         La que sigue es Ain’t no Sunshine – dijo Zafiro tan pronto estuvo tras bambalinas -… y luego sigue Strange Fruit. Haz algo que pueda usar para las dos.
Aquella frase fue como una bendición para los miembros del staff. Liliana puso manos a la obra. La cantante parecía más bien una extraña mezcla de un intérprete de teatro japonés y un villano de show para niños. En unos segundos retiró el maquillaje blanco, la sombra anaranjada en los ojos y el tinte azul en el cabello. Zafiro era la chica mala del pop del año, había hecho un gran esfuerzo por ocupar el lugar que las demás cantantes habían dejado vacantes mientras se resguardaban en clínicas contra las adicciones. Pero, a diferencia de las divas anteriores, no se conformaba con trajes de cuero y vestidos estrambóticos con fuegos artificiales en las copas del sostén. No. Su estilo tomaba un poco de todo lo que la rodeaba. Si una canción tenía el más ligero tamborileo salía al escenario con vestidos inspirados en las culturas tribales de África y Nueva Guinea. Si la melodía incluía algunas cuerdas orientales de fondo salía al escenario como una parodia erotizada de una geisha. Por ello Ain’t No Sunshine, de Bill Withers,  y Strange Fruit de Billie Holiday eran un problema para Liliana. Las dos melodías habían sido interpretadas por gente de color, un tema romántico y una melancólica protesta. Aquel era un tema delicado. La joven se decidió. Sin pensarlo dos veces sacó un estuche de pintura corporal de la gran maleta de maquillaje y comenzó a pintar la mitad de la cara de su jefa con un tono de café que era bastante parecido a la piel de la gente de color. Los chicos del Staff se encargaron del resto: un vestido azul añil y un sombrero de bombín.
El tiempo había terminado. Zafiro volvió al escenario con su nueva apariencia.
Liliana se dejó caer en una silla. Estaba exhausta. Esta vez serían dos canciones las que Zafiro cantaría antes de volver por otro maquillaje, pero eso solo daba un par de minutos de descanso.
Aquella gira había resultado demoledora. Para colmo el álbum de ese año ni siquiera tenía temas propios, sólo “homenajes” a autores que iban de Bill Withers a Pedro Infante, pasando por autores de Japón, España, Italia y China. Cada presentación, cada melodía, debía ser única. No importaba que las melodías fueran las mismas en Guanajuato y Mérida, los vestidos y el maquillaje debían ser diferentes. Hasta ese momento lo más difícil que Liliana había hecho era maquillar a Zafiro para que pareciera un personaje del cine mexicano a blanco y negro.
Una hora después el concierto había terminado. Liliana estaba ansiosa por llegar a su habitación en el hotel y darse una ducha. Le habría encantado que sus planes incluyeran a algún chico, aunque fuera solo para dormir en sus brazos pues no tenía energías para nada más, pero el trabajo de estilista de la diva daba pocas oportunidades para un romance.
La joven guardó todo el equipo de maquillaje en su gran valija y se preparó para salir del edificio.
-         ¡Espera! – dijo Zafiro, o mejor dicho Sabrina Serra – Necesito tu ayuda.
Liliana no protestó, no dijo ni una palabra, se limitó a desempacar su gran maleta de maquillajes y hacer su trabajo. Un poco de rubor y sombras para ocultar la palidez de la jefa, algo de rosa claro para disimular las ojeras. Serra tenía el cabello negro y rizado, pero gustaba de tenerlo lacio y rubio, por lo que cada cierto tiempo había que plancharlo y teñirlo. Esa noche no fue necesario darle el tratamiento completo, pero hubo que usar fijador para que los cabellos no se salieran de su lugar y se retorcieran.
-         Ly – dijo la diva mientras la estética le rociaba unja nube química en el cabello - , algunos chicos del público, unos fans que han seguido el tour desde el DF nos invitaron a salir…
Liliana maldijo para sus adentros, estaba exhausta.
-         ¿Qué dices? – preguntó la cantante.
La estilista no lo pensó dos veces, ni siquiera había escuchado la mayor parte pero sabía que esas salidas no eran buenas para su salud mental.
-         No creo que deba ir – dijo – sabe lo que algunos “seudoaficionados” son capaces de hacer.
La cantante se quedó viendo a la estilista con cara de espanto. Entonces Liliana supo que había cometido un error.
-         No cleo que deba il…- corrigió.
-         Vamos Ly, te hace falta salir. Y traen limosina ¿Crees que un secuestrador viaje en limosina?
-         Muchas cosas malas pueden ocurri… oculil en una limo.
Liliana no tenía ni la más remota de que cosas malas podían ocurrir, no al menos alguna que su jefa no estuviera dispuesta a hacer de antemano, sólo quería una excusa para no tener que acompañar a su patrona. Por alguna razón Serra siempre cargaba con ella. Liliana había llegado a la conclusión de era para arreglarle el pelo ante una emergencia, después de todo ella cargaba con la responsabilidad de ser la “amiga” de Zafiro. Por si fuera poco la artista se reunía con gente poco normal. Cierta ocasión había sido arrastrada a una fiesta extraña donde todos trataban de tener relaciones sexuales con cualquiera… lo cual no hubiera sido nada fuera del otro mundo si no fuera porque cada uno de los presentes se había momificado a si mismo de pies a cabeza, incluyendo brazos y pies, lo que reducía la “fiesta” a un mazacote de gusanos humanos arrastrándose por todas partes. Por si fuera poco todos se habían puesto antifaces, mordazas y audífonos. La policía los rescató de morir de inanición al día siguiente. Aquello fue un  escándalo. En la “fiesta” habían estado dos cantantes reconocidos, cinco actores, casi diez políticos y un príncipe europeo, además de sus respectivos patiños.
Las primeras veces había estado dispuesta a experimentar. Quería saber que era aquello que los famosos hacían, pero había terminado por sentirse decepcionada y asqueada. Se había sentido particularmente contenta cuando Serra la llevó con uno de sus grupos. El lugar había sido un rancho en las afueras de Guanajuato y tan pronto llegaron pusieron manos a la obra. Sabrina le había hablado sobre lo que aquellos “amigos” hacían: “Equus eroticus”. Solamente por aquella frase había aceptado. Liliana se consideraba una persona normal, pero no podía negar que le fascinaban los caballos: tenía, entre otras cosas, toda la colección de Mi Pequeño Poni, esculturas equinas, incluso había tratado de aprender equitación… pero su bolcillo no dio para tanto. En aquella reunión a Liliana le tocó ser montura, y por ser la nueva sólo le tocó entrenamiento. Así, mientras diversas parejas se ocupaban de tomar roles de jinete y montura, Liliana había sido atada a un aparato que daba vueltas a un poste, estaba desnuda y le habían puesto una brida; pronto se olvidaron de ella, estuvo dando vueltas por horas. Las siguientes reuniones no fueron mejores. Le asignaron un jinete pero toda la actividad se redujo a dar vueltas y vueltas caminando de forma rara, levantando mucho las rodillas y haciendo ruidos de caballo.
-         ¡Caminas como una burra! – dijo el “jinete” que le habían asignado.
-         ¡Esto es ridículo! – se quejó Liliana - ¿No se supone que debe haber sexo? ¿O algo?
Aquello hizo que el jinete tuviera una rabieta. La razón era muy sencilla: los caballos no hablan, y tener sexo con caballos era una sugerencia grotesca. Aquello fue suficiente para que Liliana decidiera salir de ahí, de aquella fantasía burda en que de verdad la veían como una mula. Para su mala suerte los caballos, en aquel juego, eran eso: caballos, y los caballos no opinan. Había una palabra secreta que se podía mencionar para fijar un límite y terminar el juego, pero Liliana la olvidó, por lo que tuvo que hacer de mula el resto de la velada, cargando a su jinete y arrastrando un pequeño carruaje.
Liliana estaba decidida, no se dejaría arrastrar a otra de esas cosas ridículas.
-         Te prestaré uno de mis vestidos – aseguró la cantante como si ello marcara la diferencia en algo.
Liliana  contuvo una maldición. Si bien la maquillista solo llevaba encima el uniforme blanco de su oficio no le entusiasmaba para nada echar un vistazo al guardarropa de su jefa.   Zafiro era conocida por su extravagancia y, lamentablemente, ello aplicaba también a lo que usaba fuera del escenario. Frente a ella comenzaron a desfilar prendas por demás enfermizas: vestidos que parecían ser estrechos tubos de caucho, estolas de colores chillones, velos con borlas, ropa íntima de metal.
La cantante entregó a su maquillista un vestido rojo, sin mangas como los que usan siempre las chinas en la televisión. Liliana suspiró y se puso la prenda, al mirarse en un espejo no pudo evitar pensar que parecía una extra de película de artes marciales. Los jeans azules asomando por debajo del vestido le daban un aspecto un tanto extraño.
Ya antes había intentado explicar sus verdaderos orígenes pero nadie le había creído. Al parecer no podía ser de Yucatán pues no usaba guayaberas, ni sabía hacer bombas yucatecas, ni era bajita y cabezona, y tampoco podía ser maya pues nunca hacía nada místico, ni tenía una nariz de estatua maya, ni hablaba una lengua indígena, ni se había sentido indignada con la película “Apocalipto” de Mel Gibson.
Fue una proeza subir la gran maleta estilista en la limosina atestada de “Fans”. Pasaba de media noche y las calles de Ciudad Victoria lucían oscuras, iluminadas apenas por la amarilla luz de los faroles.
-         ¿No estás emocionada? – preguntó Sabrina.
Liliana no respondió, estaba a punto de quedarse dormida en su asiento, el cual debía compartir con la gran maleta. Los “chicos” eran cinco tipos treintañeros con actitud de chicos de secundaria, todos vestidos de vaquero y rezumando dinero por doquier. A Liliana le daban mala espina.
En un parpadeo todos se encontraban en un bar. Sabrina bailaba con todo aquel que se le pusiera enfrente acudiendo con Liliana solamente cuando necesitaba algún retoque. Uno de los “chicos” intentó sacar a bailar a la maquillista, la joven aceptó solamente para no tener que estar junto a la maleta. Su pareja intentó hacer plática pero Liliana fingió no entender el idioma. No era una conversación muy interesante, en algún momento el muchacho le preguntó si era de los nuevos residenciales chinos de Cancún y Chetumal.
Pasaron varias horas. Entre baile y baile la joven acudía a su mesa para fingir que estaba demasiado borracha y dormir un poco. En realidad apenas y había bebido, lo único había sido una michelada que le cayó como bomba en el estómago. Su cena habían sido cacahuates salados.
Una pantalla de plasma, empotrada a un par de metros de la barra, transmitía un partido de futbol europeo. En el medio tiempo entró un segmento de comerciales. Ninguno de ellos llamó demasiado la atención. Entonces apareció una nota informativa. Al parecer un accidente en la ciudad de Xalapa había provocado una carambola y una pipa de diésel había estallado. Las imágenes mostraban un incendio que abarcaba todos los carriles de una carretera, un paso elevado y algunos edificios aledaños. Las llamas se aproximaban peligrosamente a unos supermercados, unos viveros, un edifico de oficinas e, incluso, un cementerio. Liliana prestó atención a la nota pero esta fue interrumpida por un comercial, uno de un hotel presentado por una rubia en un bikini de al menos una talla menor a la que sus grandes pechos requerían.
-         El lugar de los placeres está ahora a su alcance – dijo la rubia -, visítenos. La inauguración es este 29 de julio. Faltan sólo tres días. Nuestro personal está a su total disposición. Cumpla sus fantasías.
Liliana no prestó mucha atención al promocional, continuó dormitando en una de las mesas.
Entonces tuvo un sueño raro. Veía el hotel del comercial, un edificio color rojo intenso, pero había algo malo en él, crecía y se hinchaba como un pulmón respirando, o más bien como una pústula a punto de estallar. Pero lo peor era lo que se ocultaba en su interior. Una voz de niña sonaba por encima de los extraños ruidos del hotel y le advertía que tuviera cuidado.
El vigoroso sacudir despertó a la joven, uno de los meseros la había tomado del hombro.
-         Despierte – dijo – vamos a cerrar…
Liliana no se sorprendió al notar que su vestido estaba abierto hasta el ombligo, y que su sostén había desaparecido, le sorprendió más el hecho de que sus pantalones y sus pantaletas estuvieran en su sitio tal como ella las había dejado. Su corazón dio un salto cuando no vio el cuarzo, pero inmediatamente después lo encontró hecho a un lado sobre su hombro. Había encontrado aquella piedra años atrás en su natal Yucatán durante un viaje de campo para la realización de su tesis sobre escarabajos coprófagos. Era una de las pocas cosas que le recordaban que tenía un título universitario.
-         Usted se salvó – dijo el mesero al notar su reacción - , debe ser porque es china, con esas enfermedades que tienen… Su amiguita no tuvo tanta suerte. Si yo fuera usted comenzaría a buscarla. 
-         ¿Y por qué no los detuvo?
-         Me pagan por mirar a otra parte – dijo el hombre –, las cosas se ponen calientes por aquí con regularidad. Si alguien pide ayuda vamos, pero de otra forma dejamos que todo pase. Su amiguita, no se negó en absoluto.
La joven se puso de pie dispuesta a buscar a Zafiro. La gran maleta estaba arrumbada en un rincón del bar. La habían abierto y faltaba la gran mayoría de los cosméticos.
-         ¿¡Que chingados?!
-         ¿Era suya? – preguntó el mesero – Estuvo rodando por la pista de baile toda la noche. Las mujeres no paraban de sacarle cosas. Como nadie reclamaba…
Liliana maldijo. Tomó lo que quedaba de la gran maleta y salió por la puerta de servicio. Un callejón mal oliente le dio los buenos días. Una pareja tenía sexo o creía tenerlo detrás de un contenedor de basura. Había condones usados en los rincones acompañados de ropa íntima hecha bola y unos montones de papel higiénico que era mejor no mirar. También había jeringas. El cielo presentaba un gris azulado que anunciaba la inminencia del amanecer.
La joven salió del callejón y se aventuró a una gran avenida. Había infinidad de taxis pero no dinero para pagarles. No había otra opción que caminar.
-         ¡Ly! – gritó una voz cuando la estilista ya había recorrido tres cuadras - ¡Espera!
El aspecto de Sabrina era deplorable. Su rostro estaba pálido, ojeroso, y la gran sonrisa sólo la hacía parecer loca. Como a Liliana le habían abierto la blusa y desvanecido el sostén, pero la diva tenía problemas más graves: se había orinado, y diversas partes de su ropa tenían manchas blancas.
-         ¡Por dios! – dijo Liliana al ver el deplorable estado de su jefa - ¿Qué ocurre con usted?
La cantante se le quedó mirando con una mezcla de furia y miedo. De inmediato Liliana corrigió:
-         ¡Pol dios! ¿Qué layos ocule con usted?
-         ¡Mira! – dijo la jefa - ¿Viste el comercial del hotel? ¡Logré que el tipo que bailaba conmigo me hiciera una reservación!
-         Me alegro… me aleglo pol ustedes.
La cantante sacó dos tiras de cartulina donde estaba el logo del hotel: una reproducción de la Xochiquétzal de los murales de Tepantitla.
Liliana no podía creer lo que veía.
-         ¿Qué? – gruñó Liliana - ¿Por qué tiene mi nombre?
-         ¿Tu nombre? ¡No! ¡Debe tener el del muchacho!
La estilista revisó nuevamente. No había error, uno de los boletos tenía el nombre de Sabrina Serra, el otro el de Liliana Almendra.
-         ¡No es posible! – gruñó Serra – Los compró él, y nunca supo de ti. No es posible que haya dado tu nombre en lugar del suyo.
-         ¿Dónde los imprimieron? – preguntó Liliana.
-         No… no lo sé. Hizo la reservación por teléfono en el bar.  Luego Salí con él… después los tenía en mi bolcillo.