II
Liliana
Almendra había permanecido tras bambalinas, mirando a “Zafiro” con sus ojos
rasgados, esperando el momento de entrar en acción. La tensión crecía y la
joven comenzó a juguetear con el cristal de cuarzo que pendía de su cuello como
solía hacer cuando se sentía nerviosa.
Más de la
mitad de los miembros del staff llamaban Ly, todos le preguntaban si sabía
hacer rollos primavera, nadie nunca pensaba en papadzules o sopa de lima al
verla. Ella era maya, pero años trabajando a la sombra habían empalidecido su
piel, sus parpados estaban ligeramente
abolsados, dándole un aire de ojos rasgados. No
tenía ninguno de los rasgos con solía estereotiparse a los yucatecos o mayas. No
eran pocos los que creían que era una de tantas mujeres asiáticas que se había asentado
en Cancún las últimas décadas. La mayor parte del tiempo era solo una molestia,
pero a veces pasaba a ser preocupante, como cuando algún policía le exigía
algún documento que probara que su estadía en el país era legal. Solamente una
vez, después de un largo bronceado, alguien le preguntó si era guatemalteca…
para luego negarle la entrada al café al que quería entrar.
Zafiro
cuyo verdadero nombre era Sabrina Serra, bailaba y movía la boca en el
escenario mientras los músicos fingían tocar sus instrumentos. Detrás del
escenario, a solo unos pasos, estaba el equipo desde donde era puesto el
“playback”. Aquel era el último concierto de Zafiro en el país, una gira que
prácticamente había tocado cada ciudad importante de la nación.
La
presentación de aquella noche, en Ciudad Victoria, Tamaulipas, marcaba el final
de la gira, pero también la cuenta regresiva para la que se llevaría a cabo por
Europa. Liliana, como la estilista personal de Zafiro, tendría que ir.
La joven
maquillista se subió las mangas hasta el codo. En cualquier momento terminaría
la canción. Aquellos conciertos eran un infierno. Todo sería más fácil si
Zafiro fuera capaz de llevar el mismo vestido puesto al menos dos veces
seguidas, pero no era así. Más al contrario, cada melodía necesitaba su propio
vestido, su propio peinado, su propio maquillaje… En ocasiones los breves
descansos no bastaban para arreglar la imagen de la cantante, momentos en que
la banda aprovechaba para tocar alguno de los temas instrumentales que la diva
incluía en sus discos, aquellas eran las únicas veces que tocaban de verdad.
La canción
terminó. Era momento de poner manos a la obra.
-
La
que sigue es Ain’t no Sunshine – dijo Zafiro tan pronto estuvo tras bambalinas
-… y luego sigue Strange Fruit. Haz algo que pueda usar para las dos.
Aquella
frase fue como una bendición para los miembros del staff. Liliana puso manos a
la obra. La cantante parecía más bien una extraña mezcla de un intérprete de teatro
japonés y un villano de show para niños. En unos segundos retiró el maquillaje
blanco, la sombra anaranjada en los ojos y el tinte azul en el cabello. Zafiro
era la chica mala del pop del año, había hecho un gran esfuerzo por ocupar el
lugar que las demás cantantes habían dejado vacantes mientras se resguardaban en
clínicas contra las adicciones. Pero, a diferencia de las divas anteriores, no
se conformaba con trajes de cuero y vestidos estrambóticos con fuegos
artificiales en las copas del sostén. No. Su estilo tomaba un poco de todo lo
que la rodeaba. Si una canción tenía el más ligero tamborileo salía al
escenario con vestidos inspirados en las culturas tribales de África y Nueva Guinea.
Si la melodía incluía algunas cuerdas orientales de fondo salía al escenario
como una parodia erotizada de una geisha. Por ello Ain’t No Sunshine, de Bill Withers,
y Strange Fruit de Billie
Holiday eran un problema para Liliana. Las dos melodías habían sido
interpretadas por gente de color, un tema romántico y una melancólica protesta.
Aquel era un tema delicado. La joven se decidió. Sin pensarlo dos veces sacó un
estuche de pintura corporal de la gran maleta de maquillaje y comenzó a pintar
la mitad de la cara de su jefa con un tono de café que era bastante parecido a
la piel de la gente de color. Los chicos del Staff se encargaron del resto: un
vestido azul añil y un sombrero de bombín.
El tiempo
había terminado. Zafiro volvió al escenario con su nueva apariencia.
Liliana se
dejó caer en una silla. Estaba exhausta. Esta vez serían dos canciones las que
Zafiro cantaría antes de volver por otro maquillaje, pero eso solo daba un par
de minutos de descanso.
Aquella
gira había resultado demoledora. Para colmo el álbum de ese año ni siquiera
tenía temas propios, sólo “homenajes” a autores que iban de Bill Withers a
Pedro Infante, pasando por autores de Japón, España, Italia y China. Cada
presentación, cada melodía, debía ser única. No importaba que las melodías
fueran las mismas en Guanajuato y Mérida, los vestidos y el maquillaje debían
ser diferentes. Hasta ese momento lo más difícil que Liliana había hecho era
maquillar a Zafiro para que pareciera un personaje del cine mexicano a blanco y
negro.
Una hora
después el concierto había terminado. Liliana estaba ansiosa por llegar a su
habitación en el hotel y darse una ducha. Le habría encantado que sus planes
incluyeran a algún chico, aunque fuera solo para dormir en sus brazos pues no
tenía energías para nada más, pero el trabajo de estilista de la diva daba
pocas oportunidades para un romance.
La joven
guardó todo el equipo de maquillaje en su gran valija y se preparó para salir
del edificio.
-
¡Espera!
– dijo Zafiro, o mejor dicho Sabrina Serra – Necesito tu ayuda.
Liliana no
protestó, no dijo ni una palabra, se limitó a desempacar su gran maleta de
maquillajes y hacer su trabajo. Un poco de rubor y sombras para ocultar la
palidez de la jefa, algo de rosa claro para disimular las ojeras. Serra tenía
el cabello negro y rizado, pero gustaba de tenerlo lacio y rubio, por lo que
cada cierto tiempo había que plancharlo y teñirlo. Esa noche no fue necesario
darle el tratamiento completo, pero hubo que usar fijador para que los cabellos
no se salieran de su lugar y se retorcieran.
-
Ly –
dijo la diva mientras la estética le rociaba unja nube química en el cabello -
, algunos chicos del público, unos fans que han seguido el tour desde el DF nos
invitaron a salir…
Liliana
maldijo para sus adentros, estaba exhausta.
-
¿Qué
dices? – preguntó la cantante.
La
estilista no lo pensó dos veces, ni siquiera había escuchado la mayor parte
pero sabía que esas salidas no eran buenas para su salud mental.
-
No
creo que deba ir – dijo – sabe lo que algunos “seudoaficionados” son capaces de
hacer.
La
cantante se quedó viendo a la estilista con cara de espanto. Entonces Liliana
supo que había cometido un error.
-
No cleo que deba il…- corrigió.
-
Vamos
Ly, te hace falta salir. Y traen limosina ¿Crees que un secuestrador viaje en
limosina?
-
Muchas
cosas malas pueden ocurri… oculil en
una limo.
Liliana no
tenía ni la más remota de que cosas malas podían ocurrir, no al menos alguna
que su jefa no estuviera dispuesta a hacer de antemano, sólo quería una excusa
para no tener que acompañar a su patrona. Por alguna razón Serra siempre
cargaba con ella. Liliana había llegado a la conclusión de era para arreglarle
el pelo ante una emergencia, después de todo ella cargaba con la
responsabilidad de ser la “amiga” de Zafiro. Por si fuera poco la artista se
reunía con gente poco normal. Cierta ocasión había sido arrastrada a una fiesta
extraña donde todos trataban de tener relaciones sexuales con cualquiera… lo
cual no hubiera sido nada fuera del otro mundo si no fuera porque cada uno de
los presentes se había momificado a si mismo de pies a cabeza, incluyendo
brazos y pies, lo que reducía la “fiesta” a un mazacote de gusanos humanos arrastrándose
por todas partes. Por si fuera poco todos se habían puesto antifaces, mordazas
y audífonos. La policía los rescató de morir de inanición al día siguiente.
Aquello fue un escándalo. En la “fiesta”
habían estado dos cantantes reconocidos, cinco actores, casi diez políticos y
un príncipe europeo, además de sus respectivos patiños.
Las
primeras veces había estado dispuesta a experimentar. Quería saber que era
aquello que los famosos hacían, pero había terminado por sentirse decepcionada
y asqueada. Se había sentido particularmente contenta cuando Serra la llevó con
uno de sus grupos. El lugar había sido un rancho en las afueras de Guanajuato y
tan pronto llegaron pusieron manos a la obra. Sabrina le había hablado sobre lo
que aquellos “amigos” hacían: “Equus
eroticus”. Solamente por aquella frase había aceptado. Liliana se
consideraba una persona normal, pero no podía negar que le fascinaban los
caballos: tenía, entre otras cosas, toda la colección de Mi Pequeño Poni,
esculturas equinas, incluso había tratado de aprender equitación… pero su
bolcillo no dio para tanto. En aquella reunión a Liliana le tocó ser montura, y
por ser la nueva sólo le tocó entrenamiento. Así, mientras diversas parejas se
ocupaban de tomar roles de jinete y montura, Liliana había sido atada a un
aparato que daba vueltas a un poste, estaba desnuda y le habían puesto una
brida; pronto se olvidaron de ella, estuvo dando vueltas por horas. Las
siguientes reuniones no fueron mejores. Le asignaron un jinete pero toda la
actividad se redujo a dar vueltas y vueltas caminando de forma rara, levantando
mucho las rodillas y haciendo ruidos de caballo.
-
¡Caminas
como una burra! – dijo el “jinete” que le habían asignado.
-
¡Esto
es ridículo! – se quejó Liliana - ¿No se supone que debe haber sexo? ¿O algo?
Aquello
hizo que el jinete tuviera una rabieta. La razón era muy sencilla: los caballos
no hablan, y tener sexo con caballos era una sugerencia grotesca. Aquello fue
suficiente para que Liliana decidiera salir de ahí, de aquella fantasía burda
en que de verdad la veían como una mula. Para su mala suerte los caballos, en
aquel juego, eran eso: caballos, y los caballos no opinan. Había una palabra
secreta que se podía mencionar para fijar un límite y terminar el juego, pero
Liliana la olvidó, por lo que tuvo que hacer de mula el resto de la velada,
cargando a su jinete y arrastrando un pequeño carruaje.
Liliana
estaba decidida, no se dejaría arrastrar a otra de esas cosas ridículas.
-
Te
prestaré uno de mis vestidos – aseguró la cantante como si ello marcara la
diferencia en algo.
Liliana contuvo una maldición. Si bien la maquillista
solo llevaba encima el uniforme blanco de su oficio no le entusiasmaba para
nada echar un vistazo al guardarropa de su jefa. Zafiro era conocida por su extravagancia y,
lamentablemente, ello aplicaba también a lo que usaba fuera del escenario.
Frente a ella comenzaron a desfilar prendas por demás enfermizas: vestidos que
parecían ser estrechos tubos de caucho, estolas de colores chillones, velos con
borlas, ropa íntima de metal.
La
cantante entregó a su maquillista un vestido rojo, sin mangas como los que usan
siempre las chinas en la televisión. Liliana suspiró y se puso la prenda, al
mirarse en un espejo no pudo evitar pensar que parecía una extra de película de
artes marciales. Los jeans azules asomando por debajo del vestido le daban un
aspecto un tanto extraño.
Ya antes
había intentado explicar sus verdaderos orígenes pero nadie le había creído. Al
parecer no podía ser de Yucatán pues no usaba guayaberas, ni sabía hacer bombas
yucatecas, ni era bajita y cabezona, y tampoco podía ser maya pues nunca hacía
nada místico, ni tenía una nariz de estatua maya, ni hablaba una lengua
indígena, ni se había sentido indignada con la película “Apocalipto” de Mel
Gibson.
Fue una
proeza subir la gran maleta estilista en la limosina atestada de “Fans”. Pasaba
de media noche y las calles de Ciudad Victoria lucían oscuras, iluminadas
apenas por la amarilla luz de los faroles.
-
¿No
estás emocionada? – preguntó Sabrina.
Liliana no
respondió, estaba a punto de quedarse dormida en su asiento, el cual debía
compartir con la gran maleta. Los “chicos” eran cinco tipos treintañeros con
actitud de chicos de secundaria, todos vestidos de vaquero y rezumando dinero
por doquier. A Liliana le daban mala espina.
En un
parpadeo todos se encontraban en un bar. Sabrina bailaba con todo aquel que se
le pusiera enfrente acudiendo con Liliana solamente cuando necesitaba algún
retoque. Uno de los “chicos” intentó sacar a bailar a la maquillista, la joven
aceptó solamente para no tener que estar junto a la maleta. Su pareja intentó
hacer plática pero Liliana fingió no entender el idioma. No era una
conversación muy interesante, en algún momento el muchacho le preguntó si era
de los nuevos residenciales chinos de Cancún y Chetumal.
Pasaron
varias horas. Entre baile y baile la joven acudía a su mesa para fingir que
estaba demasiado borracha y dormir un poco. En realidad apenas y había bebido,
lo único había sido una michelada que le cayó como bomba en el estómago. Su
cena habían sido cacahuates salados.
Una
pantalla de plasma, empotrada a un par de metros de la barra, transmitía un
partido de futbol europeo. En el medio tiempo entró un segmento de comerciales.
Ninguno de ellos llamó demasiado la atención. Entonces apareció una nota
informativa. Al parecer un accidente en la ciudad de Xalapa había provocado una
carambola y una pipa de diésel había estallado. Las imágenes mostraban un
incendio que abarcaba todos los carriles de una carretera, un paso elevado y
algunos edificios aledaños. Las llamas se aproximaban peligrosamente a unos
supermercados, unos viveros, un edifico de oficinas e, incluso, un cementerio.
Liliana prestó atención a la nota pero esta fue interrumpida por un comercial,
uno de un hotel presentado por una rubia en un bikini de al menos una talla
menor a la que sus grandes pechos requerían.
-
El
lugar de los placeres está ahora a su alcance – dijo la rubia -, visítenos. La
inauguración es este 29 de julio. Faltan sólo tres días. Nuestro personal está
a su total disposición. Cumpla sus fantasías.
Liliana no
prestó mucha atención al promocional, continuó dormitando en una de las mesas.
Entonces
tuvo un sueño raro. Veía el hotel del comercial, un edificio color rojo
intenso, pero había algo malo en él, crecía y se hinchaba como un pulmón
respirando, o más bien como una pústula a punto de estallar. Pero lo peor era
lo que se ocultaba en su interior. Una voz de niña sonaba por encima de los
extraños ruidos del hotel y le advertía que tuviera cuidado.
El
vigoroso sacudir despertó a la joven, uno de los meseros la había tomado del
hombro.
-
Despierte
– dijo – vamos a cerrar…
Liliana no
se sorprendió al notar que su vestido estaba abierto hasta el ombligo, y que su
sostén había desaparecido, le sorprendió más el hecho de que sus pantalones y
sus pantaletas estuvieran en su sitio tal como ella las había dejado. Su
corazón dio un salto cuando no vio el cuarzo, pero inmediatamente después lo encontró
hecho a un lado sobre su hombro. Había encontrado aquella piedra años atrás en
su natal Yucatán durante un viaje de campo para la realización de su tesis
sobre escarabajos coprófagos. Era una de las pocas cosas que le recordaban que
tenía un título universitario.
-
Usted
se salvó – dijo el mesero al notar su reacción - , debe ser porque es china,
con esas enfermedades que tienen… Su amiguita no tuvo tanta suerte. Si yo fuera
usted comenzaría a buscarla.
-
¿Y
por qué no los detuvo?
-
Me
pagan por mirar a otra parte – dijo el hombre –, las cosas se ponen calientes
por aquí con regularidad. Si alguien pide ayuda vamos, pero de otra forma
dejamos que todo pase. Su amiguita, no se negó en absoluto.
La joven
se puso de pie dispuesta a buscar a Zafiro. La gran maleta estaba arrumbada en
un rincón del bar. La habían abierto y faltaba la gran mayoría de los
cosméticos.
-
¿¡Que
chingados?!
-
¿Era
suya? – preguntó el mesero – Estuvo rodando por la pista de baile toda la
noche. Las mujeres no paraban de sacarle cosas. Como nadie reclamaba…
Liliana
maldijo. Tomó lo que quedaba de la gran maleta y salió por la puerta de
servicio. Un callejón mal oliente le dio los buenos días. Una pareja tenía sexo
o creía tenerlo detrás de un contenedor de basura. Había condones usados en los
rincones acompañados de ropa íntima hecha bola y unos montones de papel
higiénico que era mejor no mirar. También había jeringas. El cielo presentaba
un gris azulado que anunciaba la inminencia del amanecer.
La joven
salió del callejón y se aventuró a una gran avenida. Había infinidad de taxis
pero no dinero para pagarles. No había otra opción que caminar.
-
¡Ly!
– gritó una voz cuando la estilista ya había recorrido tres cuadras - ¡Espera!
El aspecto
de Sabrina era deplorable. Su rostro estaba pálido, ojeroso, y la gran sonrisa
sólo la hacía parecer loca. Como a Liliana le habían abierto la blusa y
desvanecido el sostén, pero la diva tenía problemas más graves: se había
orinado, y diversas partes de su ropa tenían manchas blancas.
-
¡Por
dios! – dijo Liliana al ver el deplorable estado de su jefa - ¿Qué ocurre con
usted?
La
cantante se le quedó mirando con una mezcla de furia y miedo. De inmediato
Liliana corrigió:
-
¡Pol dios! ¿Qué layos ocule con usted?
-
¡Mira!
– dijo la jefa - ¿Viste el comercial del hotel? ¡Logré que el tipo que bailaba
conmigo me hiciera una reservación!
-
Me
alegro… me aleglo pol ustedes.
La
cantante sacó dos tiras de cartulina donde estaba el logo del hotel: una
reproducción de la Xochiquétzal de los murales de Tepantitla.
Liliana no
podía creer lo que veía.
-
¿Qué?
– gruñó Liliana - ¿Por qué tiene mi nombre?
-
¿Tu
nombre? ¡No! ¡Debe tener el del muchacho!
La
estilista revisó nuevamente. No había error, uno de los boletos tenía el nombre
de Sabrina Serra, el otro el de Liliana Almendra.
-
¡No
es posible! – gruñó Serra – Los compró él, y nunca supo de ti. No es posible
que haya dado tu nombre en lugar del suyo.
-
¿Dónde
los imprimieron? – preguntó Liliana.
-
No…
no lo sé. Hizo la reservación por teléfono en el bar. Luego Salí con él… después los tenía en mi
bolcillo.
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