domingo, 20 de septiembre de 2015

EL LLAMADO (parte 7)



VII
Cuando Peña Velásquez se enteró del escape de Erzebeth hizo una rabieta como nunca antes la había tenido. Sus vecinos, alarmados por el escándalo del departamento, llamaron a la policía pero esta nunca llegó. Al final del enfado las bajas incluían una consola de videojuegos, una cafetera y los cristales de una ventana.
Aquello no podía estar pasando.
Durante años se había partido el lomo cuidando de un rebaño de decrepitas peligrosas, una banda de despojos humanos en todo sentido de la palabra, y cuando finalmente había encontrado algo que hiciera que ese trabajo horrible valiera la pena la muy sin vergüenza escapaba.
Él debió estar ahí. Si hubiera estado ahí la gitana no se habría escapado. Pero no había estado, había pedido un par de días libres para “desintoxicarse” de aquel manojo de locas que comenzaban a contagiarlo con sus alucinaciones.
Lo había visto, de eso  estaba seguro, como estaba seguro de que ese tipo de cosas no era posible.
-          ¡Me lleva la chingada! – gruñó al recapacitar que su última noche con la gitana había sido interrumpida por una alucinación.
Su descanso estaba por terminar, pero regresar al sanatorio mental no era algo que estuviera en sus planes, no ahora que sabía que Erzebeth no estaba ahí. No, no regresaría, en lugar de ello buscaría a la gitana y le enseñaría toda una gama de nuevos “castigos”… las reglas eran otras fuera del sanatorio Maravillas.
Sin embargo había un gran problema. ¿Dónde buscar a una loca fugitiva? Y sobre todo a una de cuyo pasado no se tiene prácticamente ningún dato.
El guardia se tumbó en un sofá cama y se puso a pensar. Sabía más de la gitana que los otros guardias, y no era mucho en realidad.
Un estremecimiento lo recorrió al recordar aquella visión que arruinara su última noche. Lo más extraño es que aquella alucinación había abarcado todos sus sentidos. El lugar se había llenado del olor a carne quemada, el calor casi quemaba la piel, el fulgor de las llamas era enceguecedor, el aire se había llenado de un humo grasoso que dejaba un sabor amargo en la boca…
-          ¡Hotel Chac! – gritó Arturo al recordar las palabras de aquel hombre en llamas.
El hombre se puso de pie como si lo impulsara un resorte. Comenzó a buscar entre la basura los periódicos de la semana. No tardó en encontrar un encabezado revelador.
“El día de mañana será inaugurado el majestoso Hotel Chac en Yucatán.”
Aquello era suficiente para él. Sin perder tiempo hizo una maleta y salió del departamento. Bajó al estacionamiento del edificio y buscó la vieja Van de 1990 color café. Encontraría a Erzebeth y le enseñaría a no salirse del corral.

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