I
El grupo
se apiñaba a frente a un edificio rojo. No debía tener más de tres pisos pero
su majestuosidad lo hacía parecer más grande. El lugar estaba ubicado al
oriente de Yucatán, a poca distancia de las carreteras que llevaban a Cancún
pero apartado de los centros urbanos importantes.
Había una
fuente enfrente de la entrada principal.
Un
escenario cercano bullía de actividad.
Felicia
Fonseca apretó el botón, el ruido del obturador se hizo presente y una nueva
instantánea se sumó a las que ya ocupaban la memoria digital de la gran cámara. Tuvo que luchar para no ser aplastada por la
veintena de paparazis que trataban de tomar sus propias instantáneas. Las
celebridades estaban llegando, una limosina tras otra descargaban su preciada
carga y, una y otra vez, aquella masa de fotógrafos se apiñaba como mendigos
pidiendo pan.
La mujer
tuvo que mantener su sitio a codazos, era una de las más jóvenes entre aquellos
fotógrafos y era, al parecer, la más menuda. Alguien le había dicho a la mujer
alguna vez que los paparazis eran como hienas. Absurdo. Las hienas podían
colaborar para derribar una presa, los “fotógrafos de celebridades” no; eran
más parecidos a tiburones o buitres, luchando entre ellos para obtener un buen
bocado.
Las cosas
no iban muy bien, pocas celebridades importantes habían llegado. Felicia había
visto, entre otros de menor importancia, a José Domínguez, un magnate de las
hamburguesas caído en desgracia, y a Penélope Cisneros, una crítica de hoteles
– que iba de incognito por supuesto, logró reconocerla porque había trabajado
con ella cuando era una modelo anoréxica-. Ninguno de los dos valía dos centavos,
hablando en el plano fotográfico.
Una nueva
limosina llegó y vomitó un par de actores de telenovela.
Un
fotógrafo grande y moreno trató de abrirse paso al frente de la multitud de
paparazis y al hacerlo dio un codazo a Felicia. La mujer respondió con un
codazo más fuerte que devolvió al incauto a su lugar en la retaguardia. El
hombre no hizo ningún barullo, simplemente recuperó el aliento y buscó un punto
donde la resistencia fuera más endeble. Fonseca tomó varias instantáneas, no
debía dejar pasar la oportunidad y no iba a dejar que otros pasaran por sobre
de ella, de lo contrario la aplastarían.
La cabellera,
rubia con raíces negras, cortada hasta los hombros ocultaba chichones y
cicatrices. Debajo de los jeens había moretones y costras en las rodillas como
si estas pertenecieran a un niño de seis años y no a una mujer de veinticinco.
Bajo la blusa había cicatrices y marcas de arañazos. Los gruesos lentes oscuros
en forma de “ojos de mosca” habían ocultado parpados morados más de una vez. El
chaleco de fotógrafo tenía más de un navajazo marcado y una quemadura por
disparo. Quien la había visto en su peor momento habría jurado que era una
fotógrafa de nota roja con mala suerte; no era así, solo era paparazi. La gran
mayoría de sus heridas habían corrido por cuenta de guardaespaldas con
sobredosis de testosterona. Aquellos trogloditas golpeaban duro, rompían cámaras
y daban puntapiés.
Los
paparazis varones se las tenían que ver con iracundos padres, novios y esposos,
pero ella se las tenía que ver con las hijas, las esposas y las novias. Las
fotografiadas, ante un varón se limitaban a dar mentadas de madre, pero con
ella era seguro que habría cabellos arrancados, blusas abiertas y hasta
mordiscos. Era entonces cuando a Felicia le salía “lo bestia”. Más de una vez
había terminado enfrentando cargos por arañar o morder a algún guardaespaldas o
a una celebridad. Las más de las veces se lo callaban, un guarura que llora por
un mordisco en la nariz o un arañazo en los parpados no tiene mucho futuro
laboral.
Una nueva
limosina llegó, esta vez escupió a un actor de televisión. Felicia no perdió el
tiempo y tomó cuantas fotos pudo del artista y su acompañante. Cualquier cosa
era útil, los rostros, los vestidos, los zapatos… cualquier cosa que los
críticos pudieran usar a favor o en contra del famoso podía valer unas monedas.
Algunas celebridades aceptaban que les tomaran fotos de buena gana, publicidad
gratis al fin y al cabo, otros bajaban la cabeza y trataban de ocultarse de la
artillería de lentes.
Llegó una camioneta
negra. Una pareja de políticos, un matrimonio, bajó del vehículo y fue abordado
por la multitud de fotógrafos, reporteros y un equipo de televisión. Felicia
reconoció al hombre de inmediato. Un par de meses antes lo había fotografiado
en un motel del centro histórico junto a una jovencita de dieciséis años.
Gracias a un “informante anónimo”, que le había cobrado casi quinientos pesos
por la información, pudo saber que el político se reunía cada semana en el hotel
“Las palomas de Bonampak”. Aquel había sido un trabajo bastante pesado, había
tenido que esperar en el techo de un edificio aledaño por casi cuarenta y ocho
horas con una lente telescópica del tamaño de un antebrazo. Todo ese tiempo
sólo comió galletas integrales y agua, pero el esfuerzo rindió frutos… gracias
a que el político no cerró las cortinas. Aquella imagen había valido varios
miles de pesos, y los del partido contrario los pagaron sin titubear.
Entonces
llegó ella. Una limosina se estacionó y una mujer rubia bajó del vehículo llevando
en su mano un bolso pequeño y ridículo con la cabeza de un chihuahueño
asomando. La masa de paparazis se movió en una sola avalancha. Felicia luchó
pero los otros fotógrafos no tardaron en sepultarla con sus propios cuerpos.
- –
¡Muévanse
carajo! – gruñó la mujer.
Zafiro era
una de esas artistas que siempre daban material a los fotógrafos de
celebridades. Cuando no hacía un desplante en algún restaurante o café estaba
conduciendo ebria a toda velocidad… una verdadera joya.
Un par de
segundos bastaron para que Felicia se diera cuenta de que había perdido su
oportunidad. La cantante se retiraba y, aunque aún no hacía nada sorprendente,
perdía el chance de tomarle una foto. Sin pensarlo dos veces abandonó su sitio
y buscó la manera de acercarse.
La fotógrafa
se apartó de los demás paparazis y se movió paralelamente al camino por donde
entraban los vehículos. Los guardias del lugar estaban demasiado ocupados
conteniendo a los fotógrafos como para prestar atención a una sola mujer que
más que una fotógrafa parecía una estudiante universitaria en vacaciones. Sus
pasos la llevaron hasta el escenario donde un grupo de jaraneros bailaban
haciendo la suerte de mantener una botella de cerveza sobre sus cabezas.
El tablado
estaba a casi metro y medio del suelo. Gruesas tablas y metal yacían por debajo
y detrás de la escenografía. Estructuras metálicas a los lados, por arriba y
por detrás del escenario sostenían los aparatos de sonido e iluminación.
Tras
bambalinas estaba peor, el lugar estaba ocupado por consolas de sonido, una
maraña de cables de todos los gruesos imaginables y un generador eléctrico tan
grande como una casa rodante. Pero nada de Zafiro.
- –
¡Maldición!
– gruñó la fotógrafa.
Todo
apuntaba a que la cantante solo estaba ahí como cliente y que no participaría
en el espectáculo de la inauguración. Si hubiera logrado hacerse con el
programa de aquella inauguración se habría ahorrado la molestia.
El enorme
generador hacía tanto ruido que apenas le permitía escuchar sus propias ideas.
Los altavoces tampoco ayudaban mucho. Con todo logró escuchar un leve murmullo,
algo como un ronroneo bajo pero fuerte, algo como el barritar de un elefante;
aunque más que escucharlo lo sintió.
- –
¿Qué
rayos fue eso? – murmuró.
El sonido
parecía provenir de una de las paredes del hotel, la más cercana a donde ella
estaba.
- –
¡Usted!
– gruñó uno de los hombres de seguridad - ¡Esta es un área restringida!
Felicia
supo que había llegado el momento de poner pies en polvorosa. Emprendió la
huida pero alcanzó a notar las grietas que se habían formado en el pavimento
cercano al muro del que había provenido el ruido.
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