III
Liliana
Almendra fue la primera en bajar del vehículo, llevaba una única maleta sobre
el regazo, apenas un maletín con varios cambios de ropa. Su otra maleta estaba
en la cajuela junto al equipaje de “Zafiro”, y no era otra cosa que el gran
estuche de maquillaje.
- -
¡Vamos
Ly! – dijo Sabrina Serra al bajar del taxi - ¡Hay que registrarnos lo más
pronto posible!
Liliana
maldijo para sí, era como si el universo se hubiera confabulado con su patrona
para llevarla hasta ahí.
Como tantas veces no había
logrado negarse a los deseos de su jefa.
- -
¡Así
podrás arreglarme cuando te necesite! – había dicho Serra como si ello fuera la
mayor alegría.
Tenía el
consuelo de que sólo se trataría de un fin de semana, pero sabía que ese sería
el primer día de un estilo de vida que se prolongaría por meses en Europa. Por
un segundo había pensado que en Europa tendría la oportunidad de ver La torre
Eiffel, el museo de Louvre, El Escorial o algún castillo de cuento de hadas…
pero ahora comenzaba a comprender que quizás lo más interesante que lograra ver
sería algún Rave en las catacumbas parisinas. Con Zafiro como su guía de
turistas no se podía esperar mucho más.
Con
resignación comenzó a avanzar a la entrada de recepción, no sin antes haber
ayudado al conductor de la limosina a descargar el cuantioso equipaje de Serra.
Al menos una docena de maletas, a todas luces una exageración. Liliana no pudo
evitar preguntarse si entre toda aquella masa de maletas no había uno que otro
chihuahua muerto. Alguien del Staff le había comentado que Serra había tenido
multitud de esos pequeños animalejos, que los había bautizado por orden
alfabético y que el que llevaba ahora metido en el bolso era el correspondiente
a la Z: Zihuatanejo. Conociendo a Serra no resultaba tan descabellado.
Un cordón
rojo les cerraba el paso.
- -
¡¿Pero
qué mierda?! – gruñó Serra -. ¿puedes creerlo? ¡Todavía no abren este hotel
mugre!
Por alguna
razón Liliana se sintió feliz. No era que le gustara la expresión de su jefa
cuando las cosas no le resultaban como quería, al contrario, la experiencia le
decía que cuando algo así sucedía las cosas tendían a cambiar para peor. Lo que
en verdad pasaba es que aquel lugar le hacía sentir incomoda.
No sabía
cómo explicarlo. Ni siquiera sabía bien como definir lo que sentía. Por un
segundo pensó que era la sensación que decían tener aquellos que se habían
salvado de perecer en un accidente por haber cambiado de opinión en el último
segundo. Lo que decían habían sentido aquellos que decidieron no subirse al
Titanic o a algún avión que había terminado estrellándose. Pero los hoteles ni
se hunden ni se estrellan. Ello no tenía ningún sentido ahora.
Y sin
embargo la sensación estaba ahí. Era tan fuerte que le hizo sujetar el cuarzo
que pendía de su cuello.
Miró el
hotel de arriba abajo. Un monstruo de tres pisos en una zona prácticamente
despoblada, a todas luces una ex hacienda del henequén, un monstruo pintado de
un rojo intenso, como los edificios sagrados de la época prehispánica; por un
lado un templo al ocio y el despilfarro, pero por el otro la segura tumba de
cientos de Mayas, Yaquis, Chinos, Coreanos y mestizos. Por un segundo tuvo que
contener las ganas de marcharse. En los alrededores el lugar aún eran visibles
numerosos magueyes, y más allá el horizonte con algunos manchones de selva.
- -
No
seas cobarde Liliana – murmuró para sus adentros.
Pero no
podía dejar de mirar a aquella construcción con ojos de niña asustada. No podía
evitar recordar el sueño extraño que había tenido en el bar mientras Serra se
escabullía con sus admiradores. El hotel estaba vivo, palpitaba y crecía como
una herida gangrenada. Y había cosas dentro… moviéndose… y tampoco podía evitar
pensar que aquel comercial había
interrumpido una nota informativa de un accidente, como si hubiera
intentado que nadie se enterara.
- -
¡Tendremos
que esperar! – gruñó Serra - ¡Es inaudito!
Liliana
pensó por un segundo en sugerirle a su patrona irse de ahí. Pero otra parte de
si le ordenó callar. Nada malo tenía por qué ocurrir.
Y aun si
ocurría huir no era la solución.
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