jueves, 25 de septiembre de 2014

Preludio (pt 1)



6:30 pm




Miguel Salgado se sentía nervioso sin siquiera saber por qué. Caminó a prisa por las callejuelas que rodeaban el edificio Salgado en las cercanías del Puerto de Veracruz. Más de una vez había intentado subir a su auto pero cada vez que tocaba el vehículo terribles imágenes cruzaban su mente: un accidente en el que quedaba de él poco más que medio cuerpo con flecos de carne sanguinolenta donde debía haber brazos y piernas. Después de haber pasado una hora intentándolo decidió a tomar el autobús. 
Las calles, sin embargo, no dieron solución a sus temores. Cada transeúnte le despertaba sospecha. No le era difícil imaginar navajas en los bolcillos, pistolas empuñadas, jeringas llenas de sangre infectada…
Su corazón comenzó a latir rápidamente. Podía sentir como se elevaba la temperatura de su cuerpo, como si de pronto le aquejara una terrible fiebre a mitad de la calle.
Apresuró el paso. Había pasado bastante tiempo desde que tomara el  servicio público por última vez y no estaba seguro de donde estaban las paradas o cual era la ruta que lo llevaría a casa. El sol comenzaba a ocultarse. Sin darse cuenta había llegado a las cercanías de la torre de Pemex y el faro Venustiano Carranza.
-          ¿Qué les dijiste? – resonó una voz en su cabeza.
Para ese momento las sombras ya avanzaban sobre el lugar. La briza marina arastraba olor a algas y agitaba las aguas verdosas del puerto.
Frente al puerto había algunos cañones convertidos en adornos de jardín. Algo golpeó contra el metal.
Salgado cayó sobre la rodilla, derribado por el intenso dolor de  su tobillo, un líquido tibio empapó su calcetín y comenzó a anegar el interior de su zapato.
-          ¡¿Quién fue el hijo de la chingada?! – gruñó una vez que recuperó el aliento.
La piedra yacía a unos centímetros de su pie. Era tan grande como una toronja.
Un ruido sordo lo hizo voltear hacia su derecha. Una roca se había impactado a un par de metros partiéndose en dos contra la banqueta.
Una tercera piedra cayó sobre el césped frente al Faro Carranza.
-          ¡No puede ser! – se dijo Salgado en un vano intento por guardar la calma. Miró hacia la torre buscando a algún bromista en las alturas.
No había nadie, solo un cielo oscuro en el cual las nubes comenzaban a arremolinarse.
-          ¡¿Qué les dijiste?! – gritó una voz dentro de su cabeza - ¡¿Quién más sabe?!
El empresario trató de ponerse en pie. Comenzó a dar algunos pasos tratando de sobrellevar la cojera.
Las piedras siguieron cayendo a su alrededor. Se hacían pedazos contra el pavimento, golpeaban el césped arrancando la hierba para dejar la tierra desnuda.
Salgado uso su maletín para cubrirse la cabeza y apresuró el paso. No podía creer lo que pasaba pero sabía que debía ponerse a cubierto.
En las cercanas aguas del puerto un gran buque petrolero había comenzado a moverse tirado de dos pequeños remolcadores. Del otro lado del puerto, cercanas a la fortaleza de San Juan de Ulúa, había varios cargueros entregando su contenido a una maraña de grúas.  Mucho más cerca había un ferry de pasajeros a punto de zarpar. Las calles comenzaban a iluminarse con faroles y los transeúntes se movían de un lado a otro. Nadie más parecía haberse percatado de lo que sucedía.
-          ¡Esto no está pasando! - Se dijo Salgado mientras trataba de alejarse del chaparrón de rocas.
Los cristales de la torre Pemex estallaron en pedazos cuando las piedras formaron una verdadera granizada. Los cristales del faro Carranza tampoco resistieron aquel embate. Los arboles cercanos comenzaron a desgajarse.
-          ¡¿Quién más sabe?!
-          ¡Déjame en paz! – gritó Miguel Salgado ante la desconcertada mirada de numerosos transeúntes.
El hombre apresuró el paso a todo lo que daba su maltrecho tobillo, el dolor ahora era acompañado de una sensación de hinchazón y extrañas palpitaciones. Salgado se detuvo en seco.
Un chillido en el cielo. Algo grande revoloteaba sobre la ciudad, un ave.
-          ¡Corran! – gritó Salgado.
Nadie le hizo caso.
Miguel corrió lo mejor que pudo arrastrando su pie inutilizado. La sombra en el cielo seguía dando vueltas sobre su cabeza.  
-          ¡¿Quién más sabe?! – gritó la voz en su cabeza.
Salgado cayó al suelo, derribado por uno de los transeúntes.
-          ¡Señor tranquilícese! – dijo una mujer de entre los que trataban de someterlo.
Otros presentes se sumaron para mantenerlo quieto contra el suelo.
Salgado gritó, se liberó de sus captores y continuó corriendo. Debía ponerse bajo resguardo. Sus pasos lo llevaron hacia uno de los números hoteles que bordeaban el lugar.
-          ¡¿Quién más sabe?! – gritó las voz en la cabeza de Salgado
-          ¡La doctora Tatiana Morales! – respondió el empresario.
El empresario llegó hasta una puerta de cristal. Empujó pero las puertas no se abrieron.
-          ¡Déjenme entrar! – gritó a los empleados que podía ver al interior.
Una marquesina lo protegía de las rocas que caían, pero podía ver como su tamaño iba aumentando. Los vidrios comenzaron a estallar y las piedras rebotaban en los muros del edificio.
-          ¡Abran la puerta! – gritó.
Un botones se aproximó con paso lento y mostrando cara de extrañeza.
En ese momento salgado pudo escuchar el aletear de aquella enorme ave. Con temor miró por sobre su hombro para contemplar a su perseguidor. 
Cuando el botones llegó a la puerta no había nadie. El empleado miró al exterior buscando al escandaloso que se había puesto a gritar frente al negocio pero ahora todo era silencio. Solo para asegurarse revisó las cerraduras, estaba abierta.
-          Necesitamos un trapeador – dijo a la mujer de recepción mientras señalaba un rastro de gotas que se detenía justo frente a la puerta del local.
-          Ya sabes dónde están – respondió la mujer.

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