III
Ovidio
García se hundía en el asiento de aquella pequeña fonda cerca de la
procuraduría. Su vientre casi se desparramaba por encima de la mesa, su cabello
largo y chino y su barba de varios días le daba un aspecto nefasto, el
semblante abatido de la velada tampoco debía hacer mucho por él. Cinco quesadillas
de chicharrón prensado aguardaban su infausto destino en un plato de plástico
frente a él, pero tendrían que esperar. Le habían llamado esa mañana, Alex
Marbán había sido encontrado entre los despojos de una carambola. Una nube de
fuego, provocada por un camión que transportaba diésel, había dejado los
cuerpos irreconocibles, sabían que era él por los dientes que habían logrado
recuperar.
El hombre
tomó las copias del grueso expediente de los incidentes de la constructora Salgados
Inc. que le había entregado el reportero y echó una segunda mirada. No era un
informe, era más bien una compilación de hojas, algunas escritas a mano y otras
de carácter más oficial. Aquel manojo de papeles les había servido de poco a él
y a la doctora Morales. La doctora lo había revisado una y otra vez tratando de
encontrar algo que le dijera que sucedía con sus pacientes, pero había sido en
vano.
Como
detective de homicidios solía ver la muerte cara a cara, pero esta ocasión
tenía la seguridad de que algo más estaba pasando. Técnicamente no era ya un
caso, pero aun así sentía que una daga pendía sobre su cabeza. Tres habían
muerto ¿Seguiría él? La sensación de fatalidad era tan apremiante que por un
segundo se vio tentado a llamar a Lupita, la técnica del laboratorio forense
para hacerle aquella pregunta que había estado evitando desde que supo que su
madre había sido una ex novia y que la edad de la joven coincidía con… pero dejó
pasar el impulso y el teléfono permaneció en su bolcillo.
García,
antes de hincar el diente a sus quesadillas, echó un vistazo a aquellos
papeles. No parecían tener nada útil, en su mayoría eran copias de contratos y
declaraciones de los trabajadores. En único dato relevante parecía ser que el Hotel Chac era propiedad de Rafael Castañeda, un magnate hotelero de renombre.
El gordo
lo pensó un par de segundos. Después de un poco el dato parecía tan importante
como saber a quién le pertenecía una moneda de diez centavos. Al fin y al cabo
Castañeda era dueño de muchos hoteles y en ninguno había muerto gente.
Estaba a
punto de cerrar el expediente para devorar las quesadillas de chicharrón
prensado cuando recordó. El Chac no era al 100% un hotel nuevo, había sido
construido sobre la armazón de un viejo hotel.
Con rapidez
hojeó los papeles dejando varios de ellos marcados por la grasa de las
quesadillas. Ahí estaba el nombre: Hotel Shambala.
Estaba
seguro de haber escuchado aquel nombre… quizás en un encabezado que incluía la
palabra “tragedia”.
Rebuscó
entre las hojas y ahí estaba. Se trataba de una sencilla anotación que alguien
había hecho al pie de una de las hojas donde se mencionaba al Shambala.
¿El mismo Shambala de 1991? Dictaba el escrito de grafito. Quien
había hecho aquella pregunta también la había contestado con una frase. Checar en la hemeroteca de El Tiznado.
-
¿Dónde
te fuiste a meter pendejo? – preguntó García seguro de que Marbán había hecho
aquellas líneas.
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