domingo, 23 de agosto de 2015

EL LLAMADO (parte 3)

III
Ovidio García se hundía en el asiento de aquella pequeña fonda cerca de la procuraduría. Su vientre casi se desparramaba por encima de la mesa, su cabello largo y chino y su barba de varios días le daba un aspecto nefasto, el semblante abatido de la velada tampoco debía hacer mucho por él. Cinco quesadillas de chicharrón prensado aguardaban su infausto destino en un plato de plástico frente a él, pero tendrían que esperar. Le habían llamado esa mañana, Alex Marbán había sido encontrado entre los despojos de una carambola. Una nube de fuego, provocada por un camión que transportaba diésel, había dejado los cuerpos irreconocibles, sabían que era él por los dientes que habían logrado recuperar.
El hombre tomó las copias del grueso expediente de los incidentes de la constructora Salgados Inc. que le había entregado el reportero y echó una segunda mirada. No era un informe, era más bien una compilación de hojas, algunas escritas a mano y otras de carácter más oficial. Aquel manojo de papeles les había servido de poco a él y a la doctora Morales. La doctora lo había revisado una y otra vez tratando de encontrar algo que le dijera que sucedía con sus pacientes, pero había sido en vano.
Como detective de homicidios solía ver la muerte cara a cara, pero esta ocasión tenía la seguridad de que algo más estaba pasando. Técnicamente no era ya un caso, pero aun así sentía que una daga pendía sobre su cabeza. Tres habían muerto ¿Seguiría él? La sensación de fatalidad era tan apremiante que por un segundo se vio tentado a llamar a Lupita, la técnica del laboratorio forense para hacerle aquella pregunta que había estado evitando desde que supo que su madre había sido una ex novia y que la edad de la joven coincidía con… pero dejó pasar el impulso y el teléfono permaneció en su bolcillo.
García, antes de hincar el diente a sus quesadillas, echó un vistazo a aquellos papeles. No parecían tener nada útil, en su mayoría eran copias de contratos y declaraciones de los trabajadores. En único dato relevante parecía ser que el Hotel Chac era propiedad de Rafael Castañeda, un magnate hotelero de renombre.
El gordo lo pensó un par de segundos. Después de un poco el dato parecía tan importante como saber a quién le pertenecía una moneda de diez centavos. Al fin y al cabo Castañeda era dueño de muchos hoteles y en ninguno había muerto gente.
Estaba a punto de cerrar el expediente para devorar las quesadillas de chicharrón prensado cuando recordó. El Chac no era al 100% un hotel nuevo, había sido construido sobre la armazón de un viejo hotel.
Con rapidez hojeó los papeles dejando varios de ellos marcados por la grasa de las quesadillas. Ahí estaba el nombre: Hotel Shambala.
Estaba seguro de haber escuchado aquel nombre… quizás en un encabezado que incluía la palabra “tragedia”.
Rebuscó entre las hojas y ahí estaba. Se trataba de una sencilla anotación que alguien había hecho al pie de una de las hojas donde se mencionaba al Shambala.
¿El mismo Shambala de 1991? Dictaba el escrito de grafito. Quien había hecho aquella pregunta también la había contestado con una frase. Checar en la hemeroteca de El Tiznado.

  -          ¿Dónde te fuiste a meter pendejo? – preguntó García seguro de que Marbán había hecho aquellas líneas.

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