domingo, 30 de agosto de 2015

EL LLAMADO (parte 4)

IV
Rafael Castañeda colocó el par de maletas con ruedas al pie de la escalera, pasó frente a un buda Paranirvana inflable en el vestíbulo del Centro Budista de San Francisco, California. El retiro espiritual casi llegaba a su fin, semanas enteras de meditación, ayuno y compañerismo; un campamento de verano para todas las edades y donde lo que se aprendía era a ser una mejor persona. Todo ello en uno de los mejores lugares de la ciudad. 
El hombre apresuró el paso para llegar al salón de convenciones. Llevaba camisa de manga larga y corbata, a diferencia de otros asistentes de su mismo nivel que llevaban puestas las túnicas azafrán. Su apariencia disimulaba muy bien su condición como uno de los hombres más ricos de México: era bajo, con cabello chino, nariz ganchuda y llevaba lentes terriblemente gruesos. Sin embargo la realidad era otra, por ejemplo el edificio cede del Centro Budista había sido una donación de Castañeda´s Resorts Co. De alguna forma el Centro no era otra cosa que un hotel creado para el uso exclusivo de budistas, eso y un centro de convenciones.
El gran salón estaba lleno. Uno de los lados de la sala estaba ocupado por una barra libre vegetariana. Castañeda tomó un plato de una pila colocada en una mesa cercana y se formó en la larga cola de la barra justo detrás de una anciana vestida con túnica. Un hombre de color con rostro duro y tatuajes de flores de loto por todo el cuerpo se formó detrás de él.
Al fondo del salón había un escenario donde varias personas practicaban meditación vipassana. En otro rincón había un grupo reunido donde cada uno se ponía de pie y contaba sus problemas a sus colegas como en una sesión de alcohólicos anónimos, con la diferencia de que las adicciones eran consumismo, problemas maritales y falta de respeto a ancianos.
Castañeda se sirvió algunos trozos de coliflor, brócoli y zanahorias, algunas papas fritas en grasa vegetal y un par de rebanadas de pan. Aquel era todo un banquete, durante los últimos días del retiro los asistentes habían vivido en las calles para comprender a fondo la indigencia, también habían jugado softbol con niños de orfanato.
La afiliación budista de Castañeda se había dado por pura coincidencia quince años atrás, cuando era un veinteañero heredero de una cadena de hoteles. Por aquel tiempo era un inmaduro que solamente buscaba en qué problemas meterse usando un disfraz de nobleza, protestó contra los transgénicos, contra las plantas nucleares, contra la comida rápida… hasta que intentó protestar para exigir la libertad del Tíbet, fue entonces que un hombre le pidió muy amablemente que no hiciera escándalo por nimiedades, y ese hombre era nada menos que un monje budista llegado desde el Tíbet. Aquello intrigó a Castañeda, no podía entender aquella visión del mundo donde lo mejor era dejar pasar todo. Así que decidió darle un sentido más espiritual a su vida. Pero el budismo era solo uno de muchos caminos que había seguido.
El hombre miró su reloj. Eran las nueve de la mañana. Aún faltaban un par de horas para que el retiro se declarara formalmente clausurado, aun así apuro el desayuno. Debía tomar el avión en una hora. El vuelo no debía durar más de cuatro horas, por lo que podía confiar en estar en el aeropuerto Benito Juárez de la ciudad de México aproximadamente a las dos de la tarde. De ahí tendría que tomar un segundo avión que lo llevaría al aeropuerto Manuel Crescencio de Mérida. Si los cálculos resultaban correctos estaría en el Hotel Chac poco después de las cinco de la tarde, con tiempo de sobra para la inauguración de esa misma noche.
El hombre terminó sus alimentos e hizo una plegaria de gracias, salió de la sala y atravesó el vestíbulo. Pasó frente a la gran estatua inflable de buda y tomó su equipaje.

Debía darse prisa. Nunca se había perdido una inauguración y esa no sería la primera vez. 

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