Preludio (parte 3)
8:00 pm
Alex
Marbán aceleró a fondo.
-
¡Mierda!
– gruñó al recordar que podía llegar a Coatepec cortando por el “Arco sur”, un
tramo de carretera que rodeaba Xalapa desde Plaza Américas hasta la Universidad
Veracruzana. Pero ya había pasado la intersección, ahora tendría que llegar
hasta la avenida Murillo Vidal, llegar hasta el Centro de la ciudad para luego tomar
el camino antiguo.
Sin más
remedio aceleró a fondo dejando atrás el sitio donde se estaba construyendo la
nueva Plaza Columbii. El cielo presentaba un gris plomo bastante extraño. El
horizonte amenazaba con lluvia.
-
Esto
es una jodida broma – murmuró entre dientes.
El
reportero echó un vistazo al asiento del pasajero. No había nadie ahí, sólo una
carpeta abierta con multitud de recortes y archivos fotocopiados. Había pasado
mucho tiempo tratando de unir los hilos de aquellas historias en papel, y ahora
que lo había resuelto deseaba no haber sabido nada de ello. Ahí estaba todo… lo
del templo… el códice… la niña…
Setentaicinco
hombres, setentaicinco muertes en la realización de una construcción.
-
Están
trayendo docenas de tipos al hospital Juárez, todos con los mismos síntomas -
había dicho Ovidio García, su informante en la policía de Jalapa.
La empresa
para la que habían trabajado era la Constructora “Salgados Inc.”, una empresa
que se caracterizaba por sus proyectos de alto riesgo, pero que nunca había
alcanzado tal cantidad de afectados.
-
Busca
a la doctora Tatiana Morales - había dicho el policía.
El expediente
del caso no era muy explícito pero mencionaba un conjunto de síntomas como
mareos, fatiga, fiebre, desmayos, alucinaciones y ataques de pánico. Los
pacientes provenían de todos los rincones de la república, pero la mayoría
pertenecían a los estados de Puebla, Veracruz y Tabasco. ¿Qué importancia
podría tener para un reportero de misterio un caso de negligencia empresarial?
De cualquier forma buscó a la doctora Morales.
-
Entre
– había dicho la doctora con voz firme.
Nunca
había visto la oficina de un médico, pero no esperaba algo así. La pared detrás
del escritorio relucía de diplomas, pero entre ellos había también toda clase
de extrañas ilustraciones: láminas médicas japonesas del periodo Edo donde
aparecían toda suerte de cuerpos mutilados y personas con extraños tumores
faciales, el grabado de Durero de “la cerda monstruosa de Landser”, las notas
de disección de Kaishihen, las ilustraciones de N. F. Regnault para el trabajo
de monstruos de Louis Moreau, las notas en el tratamiento de crecimientos sobre
la piel de Zoku Hiroku, las láminas del “Philosophie Anatomique” de Geoffroy
Saint-Hillaire y las disecciones anatómicas del Seyakuin Kainan Taizozu. Los
libreros estaban atestados de almanaques médicos, revistas científicas y libros
de texto de anatomía; pero había también viejos libros de “Maravillas”:
colecciones de fenómenos vivientes que iban del renacimiento al siglo
veintiuno. Por si ello fuera poco una réplica tamaño natural del esqueleto del
hombre elefante engalanaba un rincón, mientras que el esqueleto de alguien que
padeció fibrodisplasia osificante
progresiva ocupaba la esquina opuesta, varios frascos con bebes malformados
flotando en formaldehido adornaban los estantes. La doctora debía rondar los
cincuenta años pero se mantenía en forma. Además de algunas arrugas en la
frente y el cabello, que ya mostraba algunas canas, los años parecían haber
sido bastante benévolos con la doctora.
La
conversación había sido escueta, sobre todo porque era poco lo que sabía de
medicina, aun así la doctora le dejó algo claro: necesitaban información de la
empresa.
Sólo un
par de horas después se encontraba en camino a la sede principal de la
constructora: el edificio Salgado en el puerto de Veracruz. El lugar era
bastante elegante para ser un simple edificio de oficinas, desde el exterior
parecía un monolito de piedra y vidrio con algunos detalles color dorado que le
daban un aire de los años treinta. El interior era aún más elegante: piso de
mármol negro, pinturas abstractas de pared a pared. En la recepción del piso
doce había una pequeña estancia que fungía de sala de espera. La mujer de la
recepción lo miro de arriba abajo. No pudo evitar sentir cierta aprensión al
ver a aquella recepcionista, su piel era muy oscura, su rostro cuadrado y de
facciones toscas, unos lentes gruesos como fondos de botella empeoraban el
cuadro. Aquella, más que una recepcionista, parecía una maestra de primaria
cuya jubilación debió ocurrir hacía ya mucho tiempo. Contra todo lo esperado el
mismo Miguel Salgado lo atendió, su oficina, a diferencia del resto del
edificio, lucía un blanco inmaculado y estaba amueblada con un estilo que
conjugaba metal plateado y cristal verde. El empresario le entregó una copia de
los informes que la constructora había recopilado.
-
¿Ha
escuchado del hotel Shambala? – preguntó el empresario, por su sonrisa no era
difícil adivinar que sabía más de lo que decía.
-
Nunca
escuché de él.
-
No es
de extrañar. Estaba en Yucatán. Se quemó en 1991, pero no se le dio mucha
publicidad.
-
¿Qué
tiene que ver?
-
El
proyecto en el que trabajaron esos hombres era en realidad una remodelación. El
hotel Shambala tiene su propia historia, pero la única reseña que se conserva
está en la biblioteca de “El Tiznao”, un pequeño pueblo perdido a medio camino
de Xalapa y Perote.
Alex se estremeció.
Un relámpago brilló en la lejanía devolviéndolo al presente. La desviación
hacía el libramiento, un paso a desnivel que daba vuelta a cinco metros de
altura en una amplia curva, ya estaba a la vista.
Sin
pensarlo dos veces enfiló hacía el carril para tomar aquella salida. Con una
mano tomó el teléfono y marcó a García.
-
¿Alex?
¿Qué pasa? – preguntó el policía.
-
Es
algo terrible – las palabras le sonaban a dialogo de personajes de caricatura,
pero no tenía otras mejores - , continuará, habrá más muertes.
-
¿Qué?
-
¿Acaso
no has visto las noticias? ¿Recuerdas a Salgado? ¿El tipo de la constructora?
La doctora Morales se rebanó el cuello de oreja a oreja…
-
¿Qué?
-
Es el
hotel… el hotel Chac. Te lo diré, pero antes necesito que…
Alex hizo
una pausa para respirar. El calor lo estaba matando. Era un calor extraño, uno
que no le permitía sudar paro tampoco era húmedo. Era seco y se distribuía en
todo el vehículo.
-
¿Alex?
–preguntó el policía - ¿Qué pasa?
Alex
colgó. Trató de pensar en otra cosa, cualquiera, todo con tal de que el “wáay
kot” no entrara a su mente, de que no descubriera lo que pretendía hacer.
-
Sé
tus trucos – dijo a todo pulmón mientras el vehículo subía por el paso a
desnivel.
Aquella
aseveración fue respondida con una risita dentro de su cabeza, una risa que no
era suya y que se prolongó hasta formar una carcajada ronca.
El calor
se volvía insoportable. Se había combinado con una sensación horrible en las
entrañas, como un ataque de acides en una ulcera. El reportero se dobló hasta
casi tocar el volante con la frente. Ahora el lugar comenzaba a llenarse de un
humo grasiento y con aroma a pelos chamuscados.
-
¡No
es real! – chilló Alex.
El
interior del auto estalló con una llamarada. Los cristales volaron en pedazos
mientras el cuerpo en el interior se vaporizaba produciendo flamas multicolores
que escapaban por las ventanas y el parabrisas.
El auto de atrás frenó
al ver aquel terrible espectáculo, los autos que seguían no tuvieron tanta
suerte y la carambola comenzó. El auto en llamas continuó avanzando hasta la
curva, chocando contra la barra de contención. El bólido humeante y envuelto en
llamas pasó por encima dejando atrás el parachoques. Los autos que se movían
debajo del paso a desnivel tuvieron que frenar produciendo su propia carambola.
Un pesado camión cisterna no alcanzó a detenerse, la inercia lo hizo derrapar
destrozando los autos que se habían parado frente a él. El auto en llamas le
cayó encima, aplastando por completo la cabina del conductor. El camión, fuera
de control, se estrelló contra los pilares aplastando su tanque con el impacto
y liberando una nube de diésel. El lugar quedó envuelto en una bola de fuego
que abarcó todos los carriles y el paso a desnivel.
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