Preludio (pt 2)
7:00 pm
En la sala
de espera del hospital Juárez, en Xalapa, el noticiario nocturno ponía una y
otra vez las imágenes que un aficionado había tomado esa tarde en la entrada del
faro Venustiano Carranza, imágenes donde un hombre histérico golpeaba a varios
transeúntes. Tatiana Morales miró aquellas imágenes con indiferencia. No tenía
idea de que aquel “loco” había sido el mismo hombre que le había hecho entregar
los expedientes referentes a sus 75 pacientes… y poco había importado.
La mujer
se encerró en su oficina, la compañía de la réplica del esqueleto del hombre
elefante y un sujeto con fibrodisplasia serían la mejor en un momento tan
frustrante. Nada importante había aparecido en los informes toxicológicos.
Nada. Aquellos hombres debían estar sanos pero no era así. Para ese momento
sólo cinco continuaban con vida, y todo apuntaba a que no sobrevivirían esa
noche.
-
¿Qué
les dijiste? – dijo una voz.
La doctora
abrió la puerta de su oficina y echó un vistazo al corredor. El lugar estaba
desierto.
-
¿Qué
les dijiste? – repitió aquella voz insistente.
Tatiana
volteó lentamente. Aquellas palabras provenían de algún punto tras su
escritorio. Lentamente se acercó al lugar. El gran librero de la pared del
fondo lucía como lo había dejado hace unos minutos, y sin embargo había algo
diferente en él. En aquel librero había tanto libros como especímenes, fetos
con deformidades principalmente, todo estaba en su sitio.
Una leve
risita provenía de uno de los estantes.
Un tarro
con formaldehido burbujeaba. Un feto anencefálico la miraba con sus ojos
saltones. Una gran burbuja escapó de sus delgados labios, misma que reventó
produciendo el ruido de una risa infantil.
La doctora
aun no salía de su asombro cuando un segundo frasco comenzó a sacudirse. Se movió hasta caer del estante y hacerse
añicos en el suelo. La habitación se llenó con el aroma del formaldehido. En el
suelo, en medio de un gran charco turbio y cristales rotos, yacía un feto
ciclope.
Tatiana
Morales se apartó y tapó su boca y su nariz para no oler aquella sustancia, su
aroma le recordaba a un baño que nunca se hubiera lavado, y sabía que aquella sustancia
podía hacerla caer inconsciente, o causarle cáncer.
-
¿Quién
más sabe? – preguntó un pequeño ciclope mientras la miraba con su único ojo de
doble pupila.
La mujer
supo que algo estaba mal, sin duda el formaldehido le estaba causando algún
tipo de alucinación. Debía salir de ahí antes de que le causara algún tipo de
lesión cerebral permanente.
Se
encaminó a la puerta sin dar la espalda a ese pequeño infeliz que trataba de
ponerse en pie entre los cristales rotos. Un nuevo frasco cayó entre
carcajadas, un anencefálico comenzó a correr sobre sus cuatro miembros al verse
libre.
La doctora
quedó boquiabierta. Los pequeños adefesios dentro de sus vitroleros se sacudían
furiosamente.
Los tarros
comenzaron a caer uno tras otro, algunos más reventaron liberando a sus
prisioneros. Los pequeños comenzaron a corretear por toda la oficina. Las
infantiles carcajadas comenzaron a ser acompañadas de un grito de guerra:
-
¡Mátenla!
Tatiana
contuvo un grito mientras un bebé anencefálico, cuya cabeza malformada era apenas
una protuberancia, pasaba corriendo entre sus piernas. Un ciclope se aferró a
su pierna izquierda mientras que en la derecha se le encaramaban un feto con
piernas múltiples y un bebé con una segunda cabeza en la coronilla.
La mujer
apartó a aquellos engendros a patadas. De inmediato intentó llegar a la puerta
de su oficina. Una mano la tomó de los cabellos y la arrojó al centro de la
habitación. Tatiana trató de levantarse pero una patada la hizo caer en medio
de un charco de formaldehido. Un grito
escapó de sus labios al ver a su nuevo atacante, el esqueleto del hombre
elefante se había liberado del gancho que lo sostenía inerte y avanzaba hacia
ella con pesadez.
-
¡Es
imposible! – gritó la doctora – ¡No tienes músculos ni tendones! ¡No puedes
moverte!
El
esqueleto pareció titubear, para luego responder con un fuerte bofetón.
El
esqueleto con fibrodisplasia osificante se liberó de su anaquel y avanzó por la
habitación arrastrando los pies.
-
¡Mátenla!
– gritó la siniestra calavera con tendones y músculos de hueso.
Tatiana
intentó gritar por ayuda pero un terrible chorro de formaldehido en el rostro
lo hizo callar. Dos fetos siameses habían derramado un vitrolero sobre ella.
Los dos
esqueletos la mantenían contra el suelo, uno de ellos metió su huesuda mano en
la boca de la doctora y la obligó a abrirla. Uno de los pequeños fetos, un
anencefálico que reía cono idiota, comenzó a trepar por el rostro de la
doctora.
La mujer
pudo sentir como las pequeñas manitas arrugadas de aferraban a la comisura de
su boca, pudo sentir como aquel pequeño se lanzaba de cabeza en su boca abierta
y comenzaba a descender por la garganta.
La doctora
comenzó a asfixiarse.
Haciendo
acopio de fuerzas logró liberarse de sus esqueléticos captores. Con
desesperación tomó las piernas del pequeño infeliz y tiró con todas sus fuerzas
para sacarlo de su boca. Las piernas se desprendieron. El engendró continuó
descendiendo por su garganta.
La mujer
corrió dando trompicones hasta su escritorio y abrió un cajón. La sensación de
asfixia era agobiante, el aroma a químico de preservación bañaba toda su
garganta. Sacó del cajón un bisturí, pieza de un juego de disección. Con
determinación clavó la navaja en mitad de su cuello e hizo una incisión.
La sangre
comenzó a correr.
Metió la
mano por la herida abierta para sacar a aquel adefesio pero sus manos no
tocaron nada. La sangre escurrió hasta sus pantalones, escapaba de la herida y
de sus propios labios.
La mujer
se desplomó, su sangre comenzó a formar un charco a su alrededor. Comenzó a
toser, cada exhalación lanzaba al aire una nube de su propia sangre a través
del agujero en su garganta.
Los
adefesios estaban en sus frascos, los esqueletos en sus ganchos, en el piso no
había ningún charco de formaldehido, sólo uno de sangre que se hacía cada vez
más grande. La doctora se esforzó en respirar pero sabía que era un esfuerzo
inútil, como lo era gritar por ayuda después de haberse rebanado las cuerdas
bucales. Cerró los ojos y dejó que el cansancio la envolviera.
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