jueves, 2 de octubre de 2014

Preludio (pt 2)



Preludio (pt 2)

7:00 pm
En la sala de espera del hospital Juárez, en Xalapa, el noticiario nocturno ponía una y otra vez las imágenes que un aficionado había tomado esa tarde en la entrada del faro Venustiano Carranza, imágenes donde un hombre histérico golpeaba a varios transeúntes. Tatiana Morales miró aquellas imágenes con indiferencia. No tenía idea de que aquel “loco” había sido el mismo hombre que le había hecho entregar los expedientes referentes a sus 75 pacientes… y poco había importado.
La mujer se encerró en su oficina, la compañía de la réplica del esqueleto del hombre elefante y un sujeto con fibrodisplasia serían la mejor en un momento tan frustrante. Nada importante había aparecido en los informes toxicológicos. Nada. Aquellos hombres debían estar sanos pero no era así. Para ese momento sólo cinco continuaban con vida, y todo apuntaba a que no sobrevivirían esa noche.
-          ¿Qué les dijiste? – dijo una voz.
La doctora abrió la puerta de su oficina y echó un vistazo al corredor. El lugar estaba desierto.
-          ¿Qué les dijiste? – repitió aquella voz insistente.
Tatiana volteó lentamente. Aquellas palabras provenían de algún punto tras su escritorio. Lentamente se acercó al lugar. El gran librero de la pared del fondo lucía como lo había dejado hace unos minutos, y sin embargo había algo diferente en él. En aquel librero había tanto libros como especímenes, fetos con deformidades principalmente, todo estaba en su sitio.
Una leve risita provenía de uno de los estantes.
Un tarro con formaldehido burbujeaba. Un feto anencefálico la miraba con sus ojos saltones. Una gran burbuja escapó de sus delgados labios, misma que reventó produciendo el ruido de una risa infantil. 
La doctora aun no salía de su asombro cuando un segundo frasco comenzó a sacudirse.  Se movió hasta caer del estante y hacerse añicos en el suelo. La habitación se llenó con el aroma del formaldehido. En el suelo, en medio de un gran charco turbio y cristales rotos, yacía un feto ciclope.
Tatiana Morales se apartó y tapó su boca y su nariz para no oler aquella sustancia, su aroma le recordaba a un baño que nunca se hubiera lavado, y sabía que aquella sustancia podía hacerla caer inconsciente, o causarle cáncer.
-          ¿Quién más sabe? – preguntó un pequeño ciclope mientras la miraba con su único ojo de doble pupila.
La mujer supo que algo estaba mal, sin duda el formaldehido le estaba causando algún tipo de alucinación. Debía salir de ahí antes de que le causara algún tipo de lesión cerebral permanente.
Se encaminó a la puerta sin dar la espalda a ese pequeño infeliz que trataba de ponerse en pie entre los cristales rotos. Un nuevo frasco cayó entre carcajadas, un anencefálico comenzó a correr sobre sus cuatro miembros al verse libre.
La doctora quedó boquiabierta. Los pequeños adefesios dentro de sus vitroleros se sacudían furiosamente.
Los tarros comenzaron a caer uno tras otro, algunos más reventaron liberando a sus prisioneros. Los pequeños comenzaron a corretear por toda la oficina. Las infantiles carcajadas comenzaron a ser acompañadas de un grito de guerra:
-          ¡Mátenla!
Tatiana contuvo un grito mientras un bebé anencefálico, cuya cabeza malformada era apenas una protuberancia, pasaba corriendo entre sus piernas. Un ciclope se aferró a su pierna izquierda mientras que en la derecha se le encaramaban un feto con piernas múltiples y un bebé con una segunda cabeza en la coronilla. 
La mujer apartó a aquellos engendros a patadas. De inmediato intentó llegar a la puerta de su oficina. Una mano la tomó de los cabellos y la arrojó al centro de la habitación. Tatiana trató de levantarse pero una patada la hizo caer en medio de un charco de formaldehido.  Un grito escapó de sus labios al ver a su nuevo atacante, el esqueleto del hombre elefante se había liberado del gancho que lo sostenía inerte y avanzaba hacia ella con pesadez.
-          ¡Es imposible! – gritó la doctora – ¡No tienes músculos ni tendones! ¡No puedes moverte!
El esqueleto pareció titubear, para luego responder con un fuerte bofetón.
El esqueleto con fibrodisplasia osificante se liberó de su anaquel y avanzó por la habitación arrastrando los pies.
-          ¡Mátenla! – gritó la siniestra calavera con tendones y músculos de hueso.
Tatiana intentó gritar por ayuda pero un terrible chorro de formaldehido en el rostro lo hizo callar. Dos fetos siameses habían derramado un vitrolero sobre ella.
Los dos esqueletos la mantenían contra el suelo, uno de ellos metió su huesuda mano en la boca de la doctora y la obligó a abrirla. Uno de los pequeños fetos, un anencefálico que reía cono idiota, comenzó a trepar por el rostro de la doctora.
La mujer pudo sentir como las pequeñas manitas arrugadas de aferraban a la comisura de su boca, pudo sentir como aquel pequeño se lanzaba de cabeza en su boca abierta y comenzaba a descender por la garganta.
La doctora comenzó a asfixiarse.
Haciendo acopio de fuerzas logró liberarse de sus esqueléticos captores. Con desesperación tomó las piernas del pequeño infeliz y tiró con todas sus fuerzas para sacarlo de su boca. Las piernas se desprendieron. El engendró continuó descendiendo por su garganta.
La mujer corrió dando trompicones hasta su escritorio y abrió un cajón. La sensación de asfixia era agobiante, el aroma a químico de preservación bañaba toda su garganta. Sacó del cajón un bisturí, pieza de un juego de disección. Con determinación clavó la navaja en mitad de su cuello e hizo una incisión.
La sangre comenzó a correr.
Metió la mano por la herida abierta para sacar a aquel adefesio pero sus manos no tocaron nada. La sangre escurrió hasta sus pantalones, escapaba de la herida y de sus propios labios.
La mujer se desplomó, su sangre comenzó a formar un charco a su alrededor. Comenzó a toser, cada exhalación lanzaba al aire una nube de su propia sangre a través del agujero en su garganta.
Los adefesios estaban en sus frascos, los esqueletos en sus ganchos, en el piso no había ningún charco de formaldehido, sólo uno de sangre que se hacía cada vez más grande. La doctora se esforzó en respirar pero sabía que era un esfuerzo inútil, como lo era gritar por ayuda después de haberse rebanado las cuerdas bucales. Cerró los ojos y dejó que el cansancio la envolviera.

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